El hombre que volvió a buscarme.
El martes llegué a la oficina con la misma inercia del día anterior, pero esta vez me había tomado unos minutos extra frente al espejo; iba bastante más maquillada de lo habitual, usando el corrector como un escudo para que nadie notara que no había dormido ni una sola hora.
Al sentarme, el escritorio me recibió con un detalle inesperado: un pequeño post-it verde.
La letra, una caligrafía en mayúsculas impecable —típica de su profesión de arquitecto—, decía:
«ESPERO QUE ESA NOCHE HAYAS LLEGADO