Las semanas siguientes al rechazo de Sebastián, mi teléfono se convirtió en una especie de refugio. Los mensajes de Nasim se transformaron en mi banda sonora constante, en un goteo diario que llenaba los silencios que otros habían dejado. Eran juegos de palabras de ida y vuelta, insinuaciones sutiles y elegantes que yo, por puro instinto de conservación, me empeñaba en disfrazar de broma. Era mi manera de protegerme.
¿Quería verlo? Claro que sí. Mentiría si dijera lo contrario.
¿Quería comproba