Salí de la casa del Número 13 con una sensación de náusea que no tenía absolutamente nada que ver con el alcohol.
Era el cuerpo pasándome la factura del desencanto. El silencio artificial de su piscina climatizada todavía me zumbaba en los oídos, recordándome una verdad incómoda que me había costado lágrimas aprender: el lujo sin conexión, sin piel y sin alma, es solo otra forma de decorarle el espacio al vacío.
Subí a mi corrolita, cerré la puerta de golpe bloqueando el mundo exterior y apoyé