Los flashes de las cámaras me cegaron apenas bajamos de la limusina frente al Museo de Arte Contemporáneo.
Normalmente, el asedio de los paparazzi me habría puesto nerviosa. Esta noche, apenas los notaba. Toda mi concentración, toda mi cordura, estaba reducida al pequeño e implacable zumbido mecánico que latía en el fondo de mis entrañas.
Aleksei caminaba a mi lado, impecable y letal en su esmoquin de terciopelo. Su mano descansaba con posesividad en la parte baja de mi espalda desnuda, guiándo