Sumisión Pública

Los flashes de las cámaras me cegaron apenas bajamos de la limusina frente al Museo de Arte Contemporáneo.

Normalmente, el asedio de los paparazzi me habría puesto nerviosa. Esta noche, apenas los notaba. Toda mi concentración, toda mi cordura, estaba reducida al pequeño e implacable zumbido mecánico que latía en el fondo de mis entrañas.

Aleksei caminaba a mi lado, impecable y letal en su esmoquin de terciopelo. Su mano descansaba con posesividad en la parte baja de mi espalda desnuda, guiándome por la alfombra roja. Por fuera, éramos la pareja más poderosa e intocable de la ciudad.

Pero por dentro, el auricular oculto bajo mi cabello cobró vida con un chasquido de estática.

Sonríe, perra.

La voz de mi esposo sonó directamente en mi canal auditivo, grave, rasposa y obscena, en un contraste brutal con la música clásica que nos rodeaba.

Eso es, —continuó Aleksei, mientras yo forzaba mis labios a curvarse hacia las cámaras—. Quiero que todos estos idiotas estirados te miren y babeen. Que vean a la intocable señora Volkova, con su vestido de seda y su candado en el cuello, sin tener ni puta idea de que llevas mi juguete metido hasta el fondo.

Di un leve traspié. La obscenidad cruda de sus palabras, disparadas directo a mi cerebro mientras él caminaba a mi lado fingiendo total indiferencia, hizo que una oleada de calor me subiera por el cuello.

Entramos al inmenso salón principal. Estaba abarrotado de la élite financiera, políticos y coleccionistas. Las luces de araña iluminaban las obras de arte, pero el verdadero espectáculo estaba ocurriendo bajo mi piel.

El alcalde se acercó a saludarnos. Aleksei le estrechó la mano con una sonrisa diplomática, pero su pulgar, oculto en el bolsillo de su pantalón, giró la rueda del control remoto.

Pasó del nivel tres al nivel cinco.

Un jadeo estrangulado se quedó atascado en mi garganta. La vibración de la bala metálica golpeó mi punto G con una furia repentina. Mis muslos temblaron bajo la abertura del vestido de seda negra. Tuve que clavar mis uñas en la palma de mi mano para no retorcerme allí mismo.

—Victoria, querida, luces deslumbrante —dijo el alcalde, besando mi mejilla—. El matrimonio te sienta de maravilla. Tienes un... brillo especial.

Dile gracias, —siseó Aleksei en mi oído, subiendo al nivel seis por un microsegundo, arrancándome una lágrima de pura sobreestimulación que logré disimular parpadeando rápido—. Y cierra un poco las piernas. Estás goteando por mí frente al alcalde. Qué puta tan obediente tengo.

—Gracias, señor alcalde —logré murmurar, mi voz temblando ligeramente—. El señor Volkov me... cuida muy bien.

Aleksei asintió con cortesía hacia el hombre. —Mi esposa es muy sensible al arte. Si nos disculpa, iré a buscar un par de copas de champán para ella.

El pánico me invadió. Me iba a dejar sola.

Aleksei se alejó, perdiéndose entre la multitud hacia la barra. Me quedé de pie junto a una escultura de mármol, sintiendo la mirada de docenas de personas sobre mí, sobre mi vestido, sobre el candado de platino que brillaba en mi garganta.

El auricular volvió a crujir. Esta vez, Aleksei debía estar observándome desde la distancia.

Párate derecha, Victoria.

Enderecé la espalda por puro instinto, mis senos elevándose bajo el escote de seda.

Así me gusta. Ahora, junta los muslos. Aprieta el juguete.

Obedecí. Al juntar las piernas, la fricción de la bala vibradora se multiplicó por mil. Solté un quejido muy bajo, cerrando los ojos por un segundo. El salón daba vueltas. El morbo de estar al borde del orgasmo, rodeada de extraños que bebían champán y discutían sobre pinturas, era una droga durísima.

¿Sientes cómo vibra contra tu clítoris? —La voz de Aleksei era ronca, oscura, saboreando su propio poder—. Abre un poco los labios, ángel. Deja que te miren. Eres mía. Todo ese jugo que te está resbalando por los muslos bajo el vestido me pertenece. Y si haces un solo sonido, te pondré en el nivel máximo y te haré correrte frente a toda esta maldita sala.

Mis rodillas amenazaban con ceder. Estaba flotando en un mar de electricidad. Lo necesitaba. Necesitaba que me liberara, pero no podía pedírselo. El castigo del silencio se había invertido de forma espectacular.

Pero entonces, el flujo de la noche se rompió.

Un hombre joven se separó de un grupo cercano y caminó directamente hacia mí. Era Bastian Roth, el heredero de un imperio tecnológico suizo. Arrogante, rubio y acostumbrado a comprar lo que se le antojaba. Llevaba toda la noche mirándome con un descaro enfermizo.

—Señora Volkova —ronroneó Bastian, deteniéndose en mi espacio personal, invadiendo mi zona de seguridad. Su mirada devoró mi escote y luego bajó por la abertura de mi vestido—. Su esposo es un idiota por dejar a la obra de arte más exquisita del salón sin vigilancia.

Tragué saliva, intentando mantener la compostura mientras la vibración me castigaba internamente.

—Mi esposo solo fue a buscar algo de beber, señor Roth —respondí, mi voz rasposa y agitada, algo que él claramente malinterpretó como interés.

Bastian dio un paso más cerca. Su mirada se clavó en mi cuello.

—Un accesorio muy... peculiar —comentó, alzando la mano derecha—. Ese candado. Es como si el gran Aleksei Volkov quisiera decirle al mundo que tiene miedo de que alguien le robe su mejor trofeo.

Antes de que pudiera retroceder, Bastian estiró la mano y, con una insolencia suicida, rozó con la yema de sus dedos la piel desnuda de mi espalda baja, justo donde terminaba el escote del vestido.

El toque de un extraño me dio náuseas.

En ese preciso milisegundo, dos cosas ocurrieron simultáneamente.

Primero, el juguete dentro de mí se apagó por completo, dejando un vacío helado y doloroso en mi interior.

Segundo, la voz en mi auricular dejó de ser un susurro erótico para convertirse en un gruñido asesino que me heló la sangre en las venas.

No te muevas. —La voz de Aleksei era la promesa de una masacre—. Ese hijo de puta acaba de tocar lo que es mío. No respires, Victoria. No lo mires.

Levanté la vista por encima del hombro de Bastian. A quince metros de distancia, al otro lado de la sala, Aleksei había dejado caer las dos copas de champán que traía. El cristal se hizo añicos contra el suelo de mármol. Sus ojos grises estaban fijos en el suizo. La furia que irradiaba era tan negra y palpable que la multitud a su alrededor empezó a apartarse instintivamente.

El auricular crujió por última vez.

Voy a destrozarlo. Y luego... te voy a arrastrar al puto coche y te voy a enseñar qué le pasa a mi perra cuando permite que otro imbécil se acerque.

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