Marcada por mi dueño

El silencio cayó sobre esa sección del salón como una guillotina.

Bastian Roth aún tenía la mano suspendida a milímetros de mi piel, su sonrisa arrogante congelada en su rostro al ver la expresión de puro asesinato que traía Aleksei. Mi esposo no caminaba; acechaba. Cruzó los quince metros de distancia apartando a un par de millonarios de su camino como si fueran moscas.

El instinto de conservación de Bastian finalmente reaccionó. Retrocedió un paso, levantando las manos en un gesto apaciguador que apestaba a cobardía.

—Eh, Volkov, tranquilo. Solo estaba admirando...

Aleksei no lo dejó terminar.

No hubo gritos ni aspavientos. Con una velocidad espeluznante, la mano derecha de Aleksei salió disparada, agarrando a Bastian por la garganta. La fuerza del impacto levantó al suizo varios centímetros del suelo de mármol, estrellándolo contra la escultura de piedra que estaba a nuestro lado.

Un jadeo colectivo resonó entre los invitados cercanos. El sonido del cráneo de Bastian golpeando contra la piedra me hizo dar un salto.

El rostro de Aleksei estaba a centímetros del de Bastian. La calma exterior de mi esposo era mil veces más aterradora que cualquier grito. Sus ojos grises eran dos témpanos de hielo inyectados en sangre.

—Escúchame bien, escoria —siseó Aleksei en ruso, su voz tan baja y letal que solo Bastian y yo podíamos escucharla—. Vuelves a mirar a mi mujer, vuelves a respirar su puto aire, y te arrancaré los ojos con mis propias manos antes de despellejarte vivo. ¿Me entendiste?

Bastian, con el rostro amoratado y buscando oxígeno desesperadamente, asintió con frenesí. Sus piernas pateaban el aire en un intento patético por tocar el suelo.

Aleksei lo soltó con un desdén absoluto, dejándolo caer como un saco de basura. Bastian tosió, arrastrándose por el suelo de mármol para alejarse.

Sin mirar a nadie más, sin importarle los murmullos de la élite escandalizada, Aleksei giró hacia mí. Agarró mi brazo con una fuerza que prometía moretones y tiró de mí hacia la salida. Tropecé con mis propios tacones, pero él me sostuvo por la cintura, arrastrándome fuera del museo como si el edificio entero estuviera en llamas.

Los paparazzi afuera enloquecieron, pero los guardias de Aleksei formaron un muro impenetrable, metiéndonos a empujones en la parte trasera de la limusina.

La puerta se cerró. El panel de privacidad subió en un segundo.

Apenas el cristal negro selló la cabina, Aleksei se abalanzó sobre mí. Me agarró por las caderas y me levantó en vilo, estrellando mi espalda contra el asiento de cuero oscuro.

—¡Aleksei! —grité, asustada por la oscuridad en sus ojos.

—Ese pedazo de m****a te tocó —rugió, su pecho subiendo y bajando con una respiración pesada y animal—. Rozó tu puta piel.

—¡No fue mi culpa! ¡Tú me dejaste sola! —me defendí, pero mi voz temblaba. Estaba aterrada y, para mi propia humillación, empapada. El peligro que emanaba de él era un afrodisíaco letal.

—Tú eres mía. Cada centímetro de tu cuerpo me pertenece. —Las palabras salieron de su boca como veneno caliente.

Sin ningún cuidado, metió la mano por la abertura de mi vestido de seda negra. Sus dedos ásperos apartaron mis labios húmedos y, con un movimiento seco, sacó la bala metálica que me había atormentado toda la noche. El juguete frío cayó al suelo alfombrado del auto con un golpe sordo.

El vacío me hizo soltar un sollozo.

—¿Lo querías? —gruñó, desabrochándose el pantalón de esmoquin con movimientos frenéticos—. ¿Te gustaba cómo vibraba esa maldita máquina mientras ese idiota te miraba el escote?

—¡No! —grité, agarrando las solapas de su chaqueta—. ¡Te quería a ti! ¡Me estabas torturando!

—Te estaba reclamando. Y ahora voy a borrar las huellas de ese infeliz de tu cuerpo.

Agarró ambas piernas y me las abrió de par en par, subiendo el vestido hasta mi cintura. No hubo preparación. La humedad que el juguete había dejado era todo lo que necesitaba. Se hundió en mí de una sola y despiadada estocada.

Un grito desgarrador, mitad dolor y mitad un placer tan oscuro que me nubló la vista, rasgó mi garganta. Me llenó por completo, golpeando profundo, reclamando el territorio que le pertenecía.

—¡Dímelo! —exigió, embistiendo con una furia salvaje que hizo que la pesada limusina se tambaleara. La fricción era implacable. Cada golpe de sus caderas contra las mías era un castigo y una adoración simultánea—. ¡Dime de quién es este coño!

—¡Es tuyo! ¡Tuyo, Aleksei! —lloriqueé, arqueando la espalda, enredando mis dedos en su cabello oscuro y tirando de él hacia mi boca.

Lo besé con desesperación, chocando mis dientes contra los suyos, saboreando el odio, los celos y la obsesión. Su lengua invadió mi boca con la misma violencia con la que su cuerpo invadía el mío.

—Ese idiota creía que podía tocar lo que mi dinero compró —susurró contra mis labios, bajando sus manos para agarrar mis glúteos y levantarme un poco más, buscando un ángulo aún más profundo—. Pero no tiene ni puta idea. Eres mi esposa. Mi perra. Y voy a follarte tan duro que vas a oler a mí durante una semana.

Las palabras crudas y asquerosamente posesivas me golpearon directo en el cerebro. La vergüenza había muerto hacía mucho tiempo. Me retorcí bajo él, frotando mi clítoris contra su abdomen bajo en cada embestida, perdiendo la cordura.

—Hazlo... destrózame... —jadeé, perdiendo cualquier inhibición—. Correte adentro. Márcame.

El ruego explícito lo empujó por el precipicio. Los ojos de Aleksei se oscurecieron por completo. Aceleró el ritmo a un nivel casi inhumano. La brutalidad del sexo en la parte trasera de su coche blindado, a cien kilómetros por hora, me hizo ver luces estroboscópicas.

El clímax me arrasó. Grité su nombre a todo pulmón, mi cuerpo contrayéndose violentamente alrededor de su gruesa erección, exprimiéndolo. Aleksei soltó un rugido gutural, clavando sus dedos en mis caderas, y se vació en mi interior con sacudidas abrasadoras que me hicieron temblar.

Nos quedamos así por minutos enteros, aplastados contra el cuero del asiento, sudando, respirando el mismo aire viciado de la limusina. Sentía su corazón latir contra el mío como un tambor de guerra.

Lentamente, se separó de mí. Se arregló la ropa con una frialdad que contrastaba monstruosamente con el animal que acababa de poseerme. Yo me bajé el vestido, temblando de pies a cabeza, con los labios hinchados y el maquillaje corrido.

La limusina se detuvo. Habíamos llegado a la mansión.

Aleksei me miró. Ya no había rabia en sus ojos, pero había algo mucho más oscuro y calculado. Una promesa de más.

—Bájate —ordenó, abriendo la puerta.

Lo seguí en silencio, mis piernas aún inestables por la resaca del orgasmo. Subimos las escaleras hasta la suite principal. Entré, esperando que se metiera a la ducha o me obligara a acostarme.

Pero en lugar de eso, caminó hacia el inmenso espejo veneciano de cuerpo entero que dominaba una de las paredes de la habitación. Me agarró del brazo y me arrastró hasta colocarme frente al cristal.

—¿Creíste que había terminado, Victoria? —susurró en mi oído, mientras mis ojos se abrían de par en par al ver nuestro reflejo. Mi cabello era un desastre, mi pecho subía y bajaba, y el candado de platino brillaba en mi cuello—. En el coche te quité el olor de ese imbécil. Pero ahora... ahora vas a mirarte a ti misma. Y me vas a decir en voz alta, con lujo de detalles, lo mucho que te gusta ser mi puta.

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