El silencio cayó sobre esa sección del salón como una guillotina.
Bastian Roth aún tenía la mano suspendida a milímetros de mi piel, su sonrisa arrogante congelada en su rostro al ver la expresión de puro asesinato que traía Aleksei. Mi esposo no caminaba; acechaba. Cruzó los quince metros de distancia apartando a un par de millonarios de su camino como si fueran moscas.
El instinto de conservación de Bastian finalmente reaccionó. Retrocedió un paso, levantando las manos en un gesto apaciguador