El insulto flotó en el aire climatizado del despacho, pesado y tóxico.
Mascota.
Miré a Aleksei, esperando que la destrozara con una sola palabra. Esperando que le dejara claro a esa rubia arrogante que yo era la esposa, la mujer a la que acababa de hacer correrse debajo de su maldito escritorio de caoba.
Pero él no lo hizo.
Aleksei se acomodó los gemelos de la camisa con una lentitud desesperante. Su rostro estaba completamente en blanco, desprovisto del fuego salvaje que lo consumía hacía un m