Marcando Territorio

El insulto flotó en el aire climatizado del despacho, pesado y tóxico.

Mascota.

Miré a Aleksei, esperando que la destrozara con una sola palabra. Esperando que le dejara claro a esa rubia arrogante que yo era la esposa, la mujer a la que acababa de hacer correrse debajo de su maldito escritorio de caoba.

Pero él no lo hizo.

Aleksei se acomodó los gemelos de la camisa con una lentitud desesperante. Su rostro estaba completamente en blanco, desprovisto del fuego salvaje que lo consumía hacía un minuto. Volvía a ser el depredador corporativo, frío e intocable.

—Irina —dijo él, su voz grave carente de cualquier emoción—. Tu vuelo de Moscú no llegaba hasta esta noche.

—Tomé el jet privado, cariño. Los problemas en el puerto no podían esperar —respondió ella, avanzando hacia el escritorio. Caminaba con la cadencia de una pantera, moviendo las caderas bajo ese traje blanco inmaculado, ignorando por completo mi existencia. Apoyó ambas manos sobre la mesa de Aleksei y se inclinó hacia adelante, ofreciéndole una vista generosa de su escote—. Además, me aburría. Quería ver si los rumores sobre tu pequeño acuerdo de caridad eran ciertos.

La bilis me quemó la garganta. El rechazo físico de Aleksei al apartarme me había dolido, pero la forma en que esta mujer le hablaba, asumiendo una intimidad y un derecho sobre él que yo creía exclusivos, desató un monstruo dentro de mí. Una rabia visceral, oscura y territorial me nubló la vista. No eran solo celos. Era posesión. Aleksei Volkov podía ser un bastardo sádico, pero era mi bastardo.

Irina levantó una mano perfectamente cuidada y la acercó al rostro de él, dispuesta a acariciarle la mejilla.

Mi cerebro se desconectó. La biología y el orgullo tomaron el control.

No le di tiempo a tocarlo. Di dos pasos rápidos, acortando la distancia, y me interpuse físicamente entre el escritorio y la rubia, dándole la espalda a Irina.

Me paré justo entre las piernas abiertas de Aleksei. Vi la sorpresa cruzar sus ojos grises por una fracción de segundo antes de que sus pupilas se dilataran de golpe.

Sin dudarlo, me senté a horcajadas sobre su regazo.

Escuché el grito ahogado de indignación de Irina a mis espaldas, pero la ignoré. Mis ojos estaban fijos únicamente en mi esposo. Llevé mis manos a las solapas de su camisa oscura, agarrando la tela con fuerza, y aplasté mi pelvis contra la de él. La fricción de la gruesa tela de su pantalón contra mi centro, que seguía goteando por su culpa, me arrancó un gemido bajo que no me molesté en ocultar.

Estaba duro como una roca. La llegada de Irina no había apagado su excitación; mi atrevimiento la acababa de multiplicar por mil.

Lentamente, bajé mi mano derecha por su pecho hasta llegar a la hebilla de su cinturón. Deslicé mis dedos con descaro sobre el bulto obsceno que se marcaba en su pantalón, apretando ligeramente.

Los músculos de los muslos de Aleksei se tensaron bajo los míos. Su respiración se atascó. Un gruñido bajo y primitivo vibró en el fondo de su pecho. No me apartó. Sus manos grandes, calientes y letales subieron a mi cintura, clavando los dedos en mi carne, sosteniéndome en mi lugar.

Giré la cabeza sobre mi hombro para mirar a la intrusa.

Irina estaba pálida bajo su maquillaje perfecto. Sus ojos azules parecían a punto de salirse de sus órbitas ante la escena explícita que se estaba desarrollando en la oficina de su sagrado CEO.

—Estábamos en medio de una reunión privada —le dije a la rubia, mi voz goteando el mismo desdén venenoso que ella había usado conmigo—. Y mi esposo odia las interrupciones. Te sugiero que esperes afuera hasta que terminemos de... negociar.

El silencio en el despacho fue absoluto. Irina apretó los puños, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua, buscando los ojos de él para que la defendiera, para que me pusiera en mi lugar.

Pero Aleksei no la miraba. Me miraba a mí. Su pecho subía y bajaba con pesadez. El hielo había desaparecido, reemplazado por un fuego tan negro y devorador que me hizo temblar. Una sonrisa retorcida y fascinada se dibujó en sus labios.

—La escuchaste, Irina —dijo Aleksei, su voz ronca vibrando contra mi vientre—. Largo de mi puta oficina.

La rubia soltó un bufido de pura humillación. Giró sobre sus tacones de aguja y salió marchando del despacho, cerrando las pesadas puertas de roble con un portazo que hizo temblar los cristales opacos de la habitación.

En el segundo exacto en que sonó el clic de la puerta, la atmósfera cambió.

Aleksei me agarró del cuello con su mano enorme. No apretó para lastimarme, pero la firmeza del agarre sobre mi garganta me paralizó al instante. Me tiró hacia adelante hasta que nuestras narices casi se rozaron. El olor a su sudor y sándalo me inundó los sentidos.

—¿Así que la perrita asustada tiene dientes? —siseó, sus ojos devorándome vivos—. Estabas a punto de morderla.

Tragué saliva, sintiendo la presión de sus dedos contra mi pulso desbocado. El valor me estaba abandonando, reemplazado por la realidad de lo que acababa de hacer.

—Entró sin llamar —murmuré a la defensiva, mis caderas moviéndose involuntariamente contra su erección.

Aleksei soltó una carcajada oscura, áspera. Su pulgar acarició mi mandíbula.

—Mentira. Te estás muriendo de celos, Victoria. La viste mirarme y la bilis te subió hasta la garganta. La odiaste solo por respirar mi mismo aire.

—No te atrevas... no son celos, es una cuestión de respeto...

—¡Deja de mentirme! —rugió, su voz rebotando en las paredes. Su mano libre bajó de un golpe, agarrando el borde de mi falda lápiz y subiéndola por mis muslos hasta dejarme expuesta de nuevo. Sus dedos ásperos se hundieron en mi humedad sin previo aviso, haciéndome jadear de dolor y placer al mismo tiempo.

—¡Aleksei! —grité, agarrándome de sus hombros.

—Dímelo —exigió, moviendo dos dedos dentro de mí con una fuerza implacable y ruda, obligándome a mirarlo—. Dime que te vuelve loca pensar que otra perra pueda tocarme. Dime que me quieres solo para ti.

—Ah... ¡joder, para! —sollocé, mi cuerpo retorciéndose en su regazo, incapaz de soportar la estimulación despiadada.

—¡Dímelo! —gruñó, mordiendo mi labio inferior con violencia, el sabor a sangre mezclándose con su saliva—. ¡Admite de una puta vez que no soportas que nadie más se acerque a mi verga! ¡Que es tuya!

La obscenidad cruda de sus palabras destrozó mi último muro de resistencia. La vergüenza desapareció, consumida por el fuego.

—¡Sí! —grité, clavando mis uñas en su nuca, rindiéndome a la oscuridad—. ¡La odio! ¡Te quiero solo para mí, maldita sea, solo para mí!

Aleksei sacó sus dedos de mi interior y, con un movimiento brutal, me levantó en vilo. Me cargó contra su pecho como si no pesara nada, bordeando el escritorio a zancadas largas y furiosas.

—Vamos a sacarte esa rabia del sistema, krasotka —prometió, pateando una puerta oculta en los paneles de madera que yo no había notado.

El baño privado del CEO estaba forrado en mármol negro, pero lo que me robó el aliento fue el inmenso espejo que cubría toda la pared frente al lavabo.

Aleksei me empujó de espaldas contra el frío cristal, sus ojos clavados en mi reflejo.

—Vas a mirar —susurró contra mi oído, desabrochándose el pantalón con urgencia asesina—. Y me vas a decir en voz alta a quién le pertenece este coño, mientras yo te follo frente a ti misma.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP