El trayecto en el ascensor privado hasta el piso ochenta de Volkov Industries fue una tortura silenciosa.
Yo llevaba una falda lápiz negra, ceñida a mis caderas y cortada justo por encima de la rodilla, combinada con una blusa de seda granate. Por fuera, lucía como la esposa impecable de un multimillonario. Pero cada paso que daba era un infierno de fricción. Fiel a su mandato, no llevaba nada debajo. La seda de la blusa rozaba mis pezones sensibles, y el roce de mis propios muslos desnudos man