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Exhibicionismo Corporativo

El trayecto en el ascensor privado hasta el piso ochenta de Volkov Industries fue una tortura silenciosa.

Yo llevaba una falda lápiz negra, ceñida a mis caderas y cortada justo por encima de la rodilla, combinada con una blusa de seda granate. Por fuera, lucía como la esposa impecable de un multimillonario. Pero cada paso que daba era un infierno de fricción. Fiel a su mandato, no llevaba nada debajo. La seda de la blusa rozaba mis pezones sensibles, y el roce de mis propios muslos desnudos mantenía un fuego constante latiendo en mi centro.

Y luego estaba el collar. El grueso titanio y los diamantes helados descansaban sobre mi clavícula. Aleksei no bromeaba; era pesado, y cada vez que pasábamos frente a un guardia de seguridad o un empleado aterrorizado, sentía que todos podían ver la correa invisible que él sostenía.

Las pesadas puertas de roble de su despacho se abrieron. Aleksei entró primero, con esa aura de depredador intocable, ignorando a los dos asistentes que se apartaron de su camino como si temieran contagiarse de alguna plaga.

Entré detrás de él. El despacho era monumental, con paredes de cristal que ofrecían una vista vertiginosa de la ciudad. Aleksei presionó un botón en su reloj y, al instante, los cristales se opacaron, aislándonos por completo del resto del piso.

Se quitó la chaqueta del traje, revelando la funda de cuero negro para el arma que llevaba oculta bajo el brazo izquierdo. La dejó sobre uno de los sofás y se sentó en su inmenso sillón de cuero negro detrás del escritorio de caoba.

—Ven aquí —ordenó, su voz profunda rebotando en la madera de la habitación.

Tragué saliva, pero el peso del collar en mi garganta me recordó que no tenía opciones. Caminé despacio. El sonido de mis tacones era lo único que rompía el silencio. Me detuve frente a su escritorio.

Él me miró desde abajo, escaneando mi postura rígida.

—Debajo de la mesa —dijo, con la misma frialdad con la que habría pedido un café.

Mi corazón dio un vuelco.

—Aleksei, es tu oficina... puede entrar alguien.

—Ese es el punto —respondió, su mirada gris oscureciéndose—. Tengo una reunión de adquisiciones en tres minutos con el vicepresidente de operaciones. Y tú te vas a quedar ahí abajo.

La incredulidad y el pánico me golpearon, pero antes de que pudiera retroceder, él agarró mi muñeca y me tiró hacia abajo. Caí de rodillas sobre la gruesa alfombra persa, quedando atrapada en el espacio entre sus largas piernas y la madera del escritorio.

Aleksei separó mis rodillas con sus botas de diseñador. Sin delicadeza, subió la tela de mi falda lápiz hasta agruparla en mi cintura, dejándome completamente expuesta frente a él.

—Quiero que te corras mientras yo le arruino el trimestre a ese idiota —susurró, inclinándose hacia abajo, su rostro a centímetros del mío—. Y Victoria... si haces un solo sonido, si dejas que él se dé cuenta de que mi puta esposa se está mojando debajo de mi mesa, lo obligaré a mirar.

El terror a la humillación pública chocó de frente con una excitación tan retorcida que me mareó. Sentí mi centro humedecerse de forma traicionera. Yo odiaba este juego, pero mi biología estaba completamente dominada por él.

Dos golpes secos sonaron en la puerta.

Aleksei se enderezó en su silla, ajustándose la corbata y adoptando su máscara de hielo.

—Adelante —dijo en voz alta, su tono volviendo a ser el del CEO intocable.

La pesada puerta se abrió. Un hombre de mediana edad, sudando profusamente a pesar del aire acondicionado, entró con una carpeta en las manos.

—Señor Volkov, l-los reportes de la filial logística —tartamudeó el ejecutivo, deteniéndose a dos metros del escritorio.

Yo estaba paralizada bajo la mesa. Tenía la cara a la altura del regazo de Aleksei. Podía oler su colonia, sentir el calor de su cuerpo. Intenté controlar mi respiración, apretando los labios con fuerza.

—Los números de este mes son una basura, Mijaíl —dijo Aleksei, con un tono letal que me hizo temblar. Al mismo tiempo, su mano izquierda bajó por debajo del borde de la mesa, oculta a la vista del hombre.

Sus dedos largos y ásperos rozaron mi centro desnudo.

Tuve que morderme el interior de la mejilla hasta que sentí el sabor a sangre para no soltar un jadeo. Estaba empapada. Aleksei lo notó de inmediato. Escuché su respiración detenerse un microsegundo, pero su voz no flaqueó cuando le siguió hablando al ejecutivo.

—Quiero una reducción del quince por ciento en personal para el viernes —ordenó fríamente.

Sus dedos entraron en mí, estirándome con un movimiento seco, mientras su pulgar encontraba el punto exacto de mi sensibilidad. El ritmo era tortuoso, calculado. Arriba de la mesa, él destruía el sustento de cientos de personas. Debajo de ella, estaba destruyendo mi cordura.

—Pero, señor... los sindicatos... —balbuceaba el hombre, aterrorizado.

—A la m****a los sindicatos —siseó Aleksei. Sus dedos aceleraron el ritmo dentro de mí. Un sonido húmedo, casi imperceptible pero ensordecedor para mis oídos, comenzó a llenar nuestro pequeño espacio oculto.

Lágrimas de pura sobreestimulación y pánico rodaron por mis mejillas. Me llevé mi propia mano a la boca, mordiendo mis nudillos para ahogar el grito que pugnaba por salir. El placer me golpeaba en oleadas eléctricas. La humillación de saber que había un extraño a dos metros, ajeno a cómo su jefe me estaba follando con la mano, me empujó directo al precipicio.

Mi cuerpo se tensó como la cuerda de un arco. El clímax me arrasó con tanta violencia que me retorcí, mis muslos temblando incontrolablemente contra las pantorrillas de Aleksei, exprimiendo sus dedos mientras me corría en absoluto y desesperado silencio.

Arriba, Aleksei tomó aire profundamente, claramente afectado por las contracciones de mi cuerpo alrededor de su mano.

—Largo de mi oficina, Mijaíl. Tienes cuarenta y ocho horas —sentenció.

Escuché los pasos apresurados del hombre huyendo y el clic de la puerta al cerrarse.

El silencio cayó pesado. Saqué los dedos de Aleksei de mi interior y dejé caer la frente contra sus rodillas, temblando, respirando como si me estuviera ahogando.

Aleksei soltó una risa ronca, oscura y llena de un triunfo sádico. Me agarró por el cabello y me jaló hacia arriba. Emergí de debajo de la mesa con los labios hinchados, el maquillaje ligeramente corrido y los ojos inyectados en sangre.

Él me sentó sobre sus muslos sin ningún esfuerzo. Levantó su mano, la misma mano que acababa de destrozarme, y pasó su pulgar mojado con mis fluidos por mi labio inferior.

—Eres una obra de arte cuando te sometes —ronroneó, sus ojos grises devorando los míos.

Iba a besarme. Iba a arrastrarme de vuelta al infierno del que acababa de salir. Y yo iba a dejar que lo hiciera.

Pero de repente, las puertas dobles del despacho se abrieron de golpe. Sin llamar. Sin anunciarse.

El sonido de unos tacones de aguja repiqueteó contra el suelo de mármol de la entrada, llenos de una arrogancia que paralizó el aire de la habitación.

Aleksei se tensó de inmediato debajo de mí. El fuego en sus ojos desapareció, reemplazado por una frialdad absoluta. Me bajó de sus piernas en un segundo y me apartó a un lado, como si yo de repente fuera un estorbo. El rechazo físico me golpeó como un latigazo.

Me arreglé la falda a trompicones y me giré para mirar a la intrusa.

Era deslumbrante. Alta, con un cabello rubio platinado perfecto que caía en cascada sobre un traje de diseñador blanco inmaculado. Llevaba labios rojo carmesí y una postura que gritaba que era la dueña del mundo.

La mujer clavó sus ojos azules en mí. Me miró de arriba abajo, deteniéndose una fracción de segundo en el collar de diamantes en mi cuello. Su labio se curvó en una sonrisa llena de desdén. Era la mirada que le das a un perro callejero que se ha colado en una mansión.

Luego, desvió la vista hacia el hombre que seguía sentado en el escritorio y su tono cambió por completo, volviéndose meloso y asquerosamente familiar.

—Aleksei, dorogoy (cariño)... —ronroneó la mujer en ruso, caminando hacia él como si le perteneciera—. Dijiste que la oficina estaría vacía. ¿Acaso interrumpo el tiempo de juego con tu nueva mascota?

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