La voz de Dmitri a través del intercomunicador seguía zumbando en mis oídos. Venían a matar a tu esposa.
Aleksei no parpadeó. No mostró pánico, ni miedo. Lo que cruzó su mirada fue una furia tan negra y absoluta que el aire del cuarto del pánico pareció congelarse. Presionó el botón rojo del panel con un golpe seco.
—Maten a los que atraparon en el bosque —ordenó, su voz carente de cualquier humanidad—. No quiero interrogatorios. No quiero rehenes. Limpien mi puta propiedad. Y Dmitri... prepara