Mundo ficciónIniciar sesiónLa voz de Dmitri a través del intercomunicador seguía zumbando en mis oídos. Venían a matar a tu esposa.
Aleksei no parpadeó. No mostró pánico, ni miedo. Lo que cruzó su mirada fue una furia tan negra y absoluta que el aire del cuarto del pánico pareció congelarse. Presionó el botón rojo del panel con un golpe seco.
—Maten a los que atraparon en el bosque —ordenó, su voz carente de cualquier humanidad—. No quiero interrogatorios. No quiero rehenes. Limpien mi puta propiedad. Y Dmitri... prepara la suite de alta seguridad. Nadie duerme esta noche.
Soltó el botón, cortando la comunicación. El silencio volvió a caer sobre nosotros, pesado y asfixiante.
Yo seguía encogida en el suelo de acero, temblando. Estaba desnuda, vulnerable y de repente, consciente de que alguien ahí afuera quería poner una bala en mi cabeza.
Aleksei se giró hacia mí. El roce de bala en su brazo seguía sangrando lentamente, manchando la seda negra de su camisa, pero él lo ignoraba por completo. Se dejó caer de rodillas frente a mí. Sus manos, grandes, calientes y manchadas con su propia sangre, agarraron mis muslos y me jalaron hacia él por el suelo metálico.
—Aleksei... —murmuré, con el corazón golpeándome la garganta.
—Cállate —gruñó. No era un regaño; era el rugido de un animal acorralado—. ¿Crees que te traje a mi casa, a mi puta cama, para que un imbécil te ponga un dedo encima?
Se levantó de golpe, llevándome con él, levantándome por la cintura como si yo no pesara nada. Caminó hacia el fondo del cuarto del pánico, donde había un panel empotrado en el concreto. Introdujo un código numérico y la compuerta se abrió, revelando una pequeña caja fuerte de emergencia.
De adentro, no sacó un arma. Sacó un estuche largo de terciopelo negro.
Me soltó un segundo, solo para abrir la caja. Sobre la tela oscura brillaba una gargantilla. Era un collar de diamantes de corte esmeralda, grueso, pesado y obscenamente caro. Pero el broche trasero no era de joyería normal; era un cierre magnético de titanio.
—Date la vuelta —ordenó. Su respiración era pesada, errática.
—¿Qué es eso? —pregunté, retrocediendo un paso hasta que mi espalda desnuda chocó contra la pared fría de acero.
Aleksei acortó la distancia en un segundo. Aplastó su pecho contra el mío, inmovilizándome.
—Es tu nueva correa, krasotka —susurró contra mis labios, sus ojos grises devorando los míos—. Tiene un micro-rastreador GPS incrustado en el cierre. Emite una señal encriptada directamente a mi servidor privado. A partir de este maldito segundo, nunca más te lo vas a quitar. Sabré dónde estás, si estás respirando, si estás corriendo.
Antes de que pudiera protestar o asimilar la locura de sus palabras, sus manos rodearon mi cuello. El metal frío y los diamantes helados se ajustaron contra mi piel ardiente. Escuché el clic del titanio cerrándose en mi nuca. Estaba ajustado. No me asfixiaba, pero sentía su peso en cada trago de saliva. Una marca de propiedad absoluta.
Bajé la mirada hacia el collar, sintiendo una mezcla enfermiza de indignación y una excitación oscura que me empapó el centro casi al instante.
—Estás demente —jadeé, sintiendo la fricción de sus pantalones contra mi vientre desnudo.
Aleksei soltó una risa ronca, casi sádica. Agarró mi mandíbula con una mano y me obligó a levantar el rostro.
—Estoy obsesionado. Que es mucho peor.
No me dio tiempo a respirar. Su boca aplastó la mía con una violencia hambrienta. Su mano libre bajó directo entre mis muslos, encontrándome empapada, latiendo por él. Entró en mí con dos dedos de golpe, sin preparación, arrancándome un grito agudo que él se tragó con su beso.
—Joder, estás goteando por mí —gruñó contra mi boca, moviendo sus dedos dentro de mi humedad con un ritmo salvaje—. ¿Te excita que te encierre, Victoria? ¿Te excita saber que le perteneces a un puto monstruo?
—Sí... —sollocé, mi mente desconectada por el placer brutal. La vergüenza había desaparecido. Agarré su cabello, arqueando la espalda para darle más acceso, frotándome contra su mano.
Aleksei sacó sus dedos con un sonido húmedo que resonó en el cuarto de acero. Desabrochó su pantalón con urgencia desesperada, liberando su erección dura como una roca. Me agarró por las caderas, me levantó un palmo del suelo y se hundió en mí de una sola y brutal estocada.
Grité su nombre, cerrando los ojos con fuerza. Me llenaba por completo, estirándome, doliendo de la forma más exquisita posible. Me empujó contra la pared de concreto, usando mi propio peso para embestirme con una fuerza que me hizo ver las estrellas.
—Nadie te va a tocar —gruñó en mi oído, su respiración agitada golpeando mi piel mientras sus caderas golpeaban las mías como un martillo—. Eres mi puta esposa, Victoria. Y voy a follarte hasta que te olvides de tu propio nombre. Hasta que lo único que sepas decir sea el mío.
El lenguaje crudo y sucio me encendió la sangre. Era un depredador marcando a su hembra, usando su cuerpo para borrar cualquier rastro del terror que habíamos vivido hace diez minutos.
—Dímelo —exigió, embistiendo más duro, más profundo, haciendo que el collar de diamantes raspara ligeramente mi clavícula con cada golpe—. Dime de quién es este coño. ¡Dímelo!
—¡Es tuyo! —grité, llorando de pura sobreestimulación, mis uñas clavándose en su espalda sangrante sin importarme nada—. ¡Solo tuyo, Aleksei!
El orgasmo me golpeó con la fuerza de un tren de carga. Mi cuerpo se convulsionó alrededor de él, ordeñándolo, exprimiendo cada gota de su control. Aleksei soltó un rugido gutural, hundiendo su rostro en mi cuello, y se corrió dentro de mí con contracciones tan violentas que me hicieron temblar de pies a cabeza.
Nos quedamos allí, aplastados contra la pared fría, bañados en sudor, sangre y fluidos, respirando como si acabáramos de correr un maratón. Su frente estaba apoyada contra la mía, su pecho subiendo y bajando pesadamente. Sentí el peso de los diamantes en mi garganta. Ya no me sentía como una prisionera con una deuda. Me sentía como la dueña del diablo.
A la mañana siguiente, la luz del sol se filtró por las persianas blindadas de la suite de seguridad en el ala oeste.
Aleksei ya estaba de pie. Llevaba un traje azul marino impecable, su brazo vendado bajo la fina tela de la camisa de diseñador. Se estaba ajustando el reloj de platino en la muñeca mientras me miraba desde los pies de la cama.
Yo me senté, sosteniendo la sábana de seda contra mi pecho. Mi cuerpo entero estaba adolorido, cubierto de marcas de sus dedos y chupetones oscuros. Y en mi cuello, el collar de diamantes brillaba, burlándose de cualquier noción de libertad.
—Levántate y ve al vestidor. Hay ropa para ti —ordenó Aleksei, su tono volviendo a ser ese témpano de hielo inquebrantable y corporativo.
Parpadeé, confundida por el cambio drástico de personalidad. Anoche era un animal devorándome; hoy era el CEO inalcanzable.
—¿Ropa? ¿Para qué? Dijiste que no podía salir del perímetro. Y después de lo de anoche...
—El perímetro acaba de expandirse —me interrumpió, caminando hacia la puerta—. No te voy a dejar en esta casa donde no pueda verte cada maldito segundo del día. A partir de hoy, vas a venir conmigo a la torre de Volkov Industries. Trabajarás para mí, en mi oficina privada.
El aire se me atascó en los pulmones. ¿Volver a la civilización? ¿A la torre corporativa?
Aleksei abrió la pesada puerta de roble, pero antes de salir, se giró hacia mí. Sus ojos bajaron desde mi rostro hasta el borde de la sábana que me cubría.
—Y Victoria... —Su sonrisa lenta y sádica me heló la sangre y me encendió el bajo vientre al mismo tiempo—. La Regla Número Uno sigue en pie. Ponte una falda.







