EL DEBIDO PROCESO # 1

EL DEBIDO PROCESO # 1ES

Donna Key  Completo
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Resumen
Índice

A causa de un mal asesoramiento curricular, la joven estudiante de derecho May Lehner termina en la clase del estricto y malhumorado William Horvatt, quien por cierto, más que maestro, parece modelo de alta costura. El encuentro sacará chispas, pero no será el amor lo que florecerá entre ellos. May comprobará que el odio a primera vista y que el completo desprecio a segunda, existen y son más reales que nunca. Historia protegida.

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PRÓLOGO
May Lehner no creía en el amor a primera vista, pero estaba segura de que el odio a primera vista sí existía y había atacado a su profesor de derecho común con un fulminante flechazo.Apenas sus miradas se cruzaron, él frunció el ceño, se volvió en dirección al pizarrón y comenzó a escribir su nombre completo y una lista de cuestiones que no iba a tolerar.Mientras ella buscaba un asiento libre—ocasionando un poco de desorden en el intertanto—dirigió una mirada prudente a la pizarra, solo para comprobar que el profesor, de nombre William E. Horvatt, había añadido al final de su dichosa lista, un mensaje hostil dirigido especialmente hacia ella.Con letra imprenta y a punta de mayúsculas, se leía lo siguiente:LA PUNTUALIDAD ES LA CLAVE.SI LLEGAS TARDE A UNA ENTREVISTA DE TRABAJO, PUEDES ESTAR SEGURO DE QUE
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UNO
...May arrastró su mochila por el pasillo en dirección a las escaleras. En los jardines, Evie y Carol conversaban animadamente y no parecían haber tenido una mala experiencia con sus profesores de derecho común.Al parecer ella era la única en toda la facultad que había logrado la desafortunada hazaña de ganarse el odio de un profesor en la primera clase. Encima, derecho común era una de las asignaturas más importantes de la carrera.¿Cómo se suponía que siguiera en esa escuela si no aprobaba esa condenada asignatura?Carol fue la primera en percatarse de que algo no andaba bien cuando May se dejó caer como peso muerto junto a ellas.Con una lúgubre expresión, May comenzó a explicarles lo que había ocurrido. Desde el desagradable mensaje en el pizarrón hasta las mal intencionadas preguntas que el profesor l
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DOS
May arribó esa tarde a su pequeño apartamento con la sensación de que llevaba siglos estudiando. Las clases habían comenzado hacía menos de una semana, pero ella, en un mal asesoramiento curricular, había inscrito las asignaturas respectivas del semestre con los profesores más exigentes de la escuela. Como consecuencia de ello, llevaba el doble de trabajo que los compañeros que habían optado por otros profesores y las clases a menudo terminaban media hora más tarde que las del resto. Por supuesto, entre las funestas opciones de maestros, la magnánima persona de William Horvatt destacaba como si se tratase de un foco de luz incandescente.Prescindiendo de ir a su habitación, dejó caer su mochila en medio del living y se dirigió hasta la cocina para prepararse algo de comer. Eran cerca de las siete de la tarde y ella no había podido almorzar nada gracias a uno de sus tantos
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TRES
William Horvatt generaba en los estudiantes una mezcla de pavor y fascinación. Cuando ingresó al salón, el silencio fue automático y las miradas lo siguieron hasta que se ubicó junto al escritorio.May, que había llegado sumamente puntual solo para no encontrarse con él en los ascensores, también sucumbió a la fascinación colectiva y lo observó mientras dejaba su maletín sobre la silla y se recargaba luego sobre la mesa del escritorio.En cuanto saludó a su público, recibió una automática y uniforme respuesta. Nadie allí se atrevía a ignorarlo, mucho menos a apartar la mirada de su imponente y cautivadora humanidad.Ni siquiera May, victima constante de los arrebatos de superioridad de William Horvatt, evadió sus ojos negros cuando él reparó en ella y la ya famosa arruguita de disconformidad se replegó en su fr
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CUATRO
May se sentó en una banqueta en los jardines del campus y comenzó a rebuscar en su mochila una cajetilla de cigarrillos que llevaba allí dentro desde hace más de dos meses. Ella no solía fumar, mucho menos en la facultad. En realidad, no le gustaba el olor del cigarro y el humo usualmente le causaba tos. Sin embargo, había descubierto la primera vez que lo probó, que el cigarrillo le ayudaba a calmarse cuando llegaba a situaciones realmente críticas, como esa, en que estaba a punto de romper algo.El discursillo pedante de su maestro se repetía en su cabeza como el coro de una canción pegajosa. Y a cada minuto, se sentía un poco más al borde del descontrol.Cuando finalmente dio con la cajetilla, se apresuró a encender un cigarrillo y se lo llev&o
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CINCO
William estaba tan furioso que decidió tomar las escaleras en lugar de subir en ascensor. Cuando finalmente llegó al piso seis, se sentía un poco menos iracundo. El ejercicio le había ayudado a apaciguar al monstruo que esa chiquilla imprudente había desatado en él. Tenía pensado encerrarse en su oficina y tomarse un buen montón de pastillas, pero en el vestíbulo, charlando animadamente con la secretaria, se topó con uno de sus colegas. Su nombre era Aaron Fitzmore y siempre tenía una sonrisa amable en el rostro y una verborrea infinita a flor de labios. William lo quería a pesar de su explosivo carácter. No obstante, en cuanto Aaron se volvió a mirarlo y esa sonrisa se amplió casi ridículamente, él pensó que no podía haber elegido un peor momento para aparecer. Lo último que quería William era charlar.

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SEIS
...Advertida por las vividas circunstancias, May se aseguró de revisar su correo electrónico el sábado por la mañana antes de emprender el viaje a casa de sus padres.Al hacerlo, se encontró con dos correos nuevos. Uno era un correo enviado a todos los estudiantes de la universidad para recordarles que se daba inicio al periodo de postulación a las becas estatales y el otro era un correo de su queridísimo profesor de derecho común.Lo revisó con cierto resquemor, pero se sorprendió de encontrar  una buena noticia. Él le enviaba el trabajo revisado y, aunque con una excesiva corrección de forma, lo calificaba con un aceptable siete, en una escala que iba del uno al diez.

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SIETE
... El destartalado coche de los padres de May dobló a la derecha en una intersección y desembocó en un camino no urbanizado que conducía a la vieja casa que la había visto crecer. Estaba emplazada en un conjunto de casas igual de viejas, separadas una de la otra por amplios terrenos, donde había desde cultivos de frutas o verduras, arboles de más de veinte metros, hasta vacas, caballos, gallinas y cerdos que pasaban de uno a otro sitio, haciendo caso omiso a las cercas rotas y los hitos de cemento. May aprovechó la ocasión para asomar medio cuerpo por la ventana y respirar el aire perfumado con el aroma de los campos de trigo, los arboles sacudiéndose ante las corrientes de aire y la tierra fértil recién regada. Se había enamorado de la ciudad, eso era cierto, pero el campo siempre tendría ese encanto que la obligarí
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OCHO
...William despertó otra vez a causa de su teléfono, pero esta vez no se trataba de un mensaje ni de una llamada. Era la alarma avisándole que debía levantarse porque esa mañana, como todo domingo, jugaría al golf con su padre y Franz, su hermano mayor. Siguiendo la misma rutina de todos los días, se acomodó las zapatillas de levantar, fue al baño y se dio una ducha de quince minutos por reloj. Solo cuando estuvo perfecta y milimetricamente afeitado y su cabello castaño claro se encontraba impolutamente peinado sobre su cabeza, salió del baño para dirigirse al armario, donde le esperaba un orden que rayaba casi en lo obsesivo. Las camisas estaban todas colgadas a un lado, las corbatas guardadas en una sola línea que iba de más elegante a más casual, los pantalones alineados por tela, los sweater y jersey guardados en cajones en función
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NUEVE
...William no tenía ninguna reunión agendada en la próxima hora. De hecho, la actividad más cercana que tenía era una clase de derecho empresarial a las once. Si le había dicho a su molesta estudiante que debía irse había sido solo porque no deseaba seguir allí, contemplando la expresión desolada en su rostro pecoso y el brillo dolido en sus ojos verdes. En realidad, ella no tenía la culpa de ser tan impulsiva y espontánea. Era parte de su personalidad y la personalidad no era algo por lo que uno tuviera que andar pidiendo disculpas, ni nada por el estilo. Entonces, ¿por qué había sido tan duro con ella? No lo sabía a ciencia cierta. Había experimentado cierta rabia al verla allí plantada en sus pies, tan altiva y desafiante, como si él tuviera la obligación de seguirle el juego, pero no hab&iac
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