NARRADOR OMNISCIENTE El aire del domingo por la noche se había tornado denso, cargado con el presagio de una tormenta que se negaba a estallar sobre San Judas. Era la última medianoche antes del relevo oficial, las últimas horas de Damián como párroco suplente antes de que el misticismo rancio del anciano titular volviera a reclamar el templo. En el ambiente del pueblo no quedaba rastro de paz; la plaza central estaba desierta, pero las luces de las casas circundantes permanecían encendidas como ojos vigilantes. El escándalo de la ruptura de Elena con el ingeniero Carlos había encendido las alarmas definitivas, y el consejo parroquial, liderado por la implacable fijeza de la señora Marta, estaba listo para ejecutar su sentencia.Arriba, en el coro de la iglesia, el tiempo parecía haberse detenido en una dimensión de pura demencia carnal. Una única lámpara de aceite, colocada sobre el suelo de madera, proyectaba sombras gigantescas y distorsionadas contra los tubos de metal del gran
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