Inicio / Romance / EL CONFESIONARIO DEL PECADO / Capítulo 2: La Penumbra del Deseo
Capítulo 2: La Penumbra del Deseo

POV ELENA 

El crujido de las pesadas puertas principales al cerrarse fue el golpe de gracia que decretó mi soledad. El silencio, interrumpido únicamente por el goteo lejano de la cera de los cirios moribundos y el tic-tac monótono del reloj de la sacristía. 

Me quedé inmóvil en el órgano, con los dedos aún flotando sobre las teclas, respirando el aroma residual a incienso y humo. Mi pecho subía y bajaba con prisa, como si acabara de correr una maratón en lugar de haber estado sentada simulando ser la perfecta y devota Elena.

No podía seguir así. La fricción de la ropa interior contra mi intimidad, encendida por las imágenes mentales del Padre Damián alzando el cáliz con sus manos grandes y venosas, se había vuelto una tortura insoportable. Tenía la piel de la nuca erizada y un latido constante, húmedo y exigente, devorándome los sentidos desde el vientre.

Bajé las escaleras de caracol del coro con pasos torpes, cuidando de no pisar el dobladillo de mi falda gris, pero con el pulso acelerado por una urgencia ciega. La iglesia vacía parecía observarme a través de los ojos de vidrio de las estatuas de los santos, pero en ese momento, la culpa no era rival para la necesidad salvaje que me entumecía las piernas. 

Crucé el pasillo lateral, buscando instintivamente el lugar más oscuro, el más apartado: el viejo confesionario de madera de roble, un cubículo estrecho que prometía ocultar mi demencia del resto del mundo.

Entré en el compartimento reservado para los penitentes. El espacio era tan reducido que mis hombros casi rozaban las paredes de madera tallada. El aire allí dentro era frío, confinado, impregnado de un olor a madera vieja y a los miles de secretos susurrados a lo largo de las décadas. 

Me arrodillé sobre el duro reclinatorio de cuero gastado y cerré la portezuela a mis espaldas, sumergiéndome en una penumbra casi absoluta, rota apenas por los finos haces de luz que se colaban por la rejilla metálica que separaba mi cubículo del compartimento del sacerdote.

Apoyé las manos temblorosas contra la madera y dejé caer la frente, jadeando en la oscuridad. El calor me quemaba las mejillas. Estaba en la casa de Dios, a escasos metros de la sacristía donde el Padre Damián probablemente guardaba los ornamentos litúrgicos, y lo único que ocupaba mi mente era el deseo impío de ser destruida por él.

—Perdóname, Padre, porque he pecado... —susurré en voz alta, y mi propia voz, ronca y quebrada por la excitación, me devolvió un eco que me hizo estremecer.

No buscaba la absolución; buscaba desatar el nudo que me asfixiaba. Con dedos torpes y desesperados, me levanté un poco y tiré de la tela pesada de mi falda larga, subiéndola hasta mis caderas. La corriente de aire frío de la iglesia golpeó mis muslos desnudos, haciéndome jadear de golpe. 

Deslicé mis manos por mis piernas, sintiendo la piel de gallina, hasta alcanzar el borde de mi ropa interior de algodón. Estaba empapada. El tejido liso estaba completamente pegado a mi carne, un testimonio físico de la profanación mental que llevaba cometiendo toda la tarde.

Aparté la tela hacia un lado con una mano, dejando mi intimidad expuesta a la penumbra del confesionario, y apoyé la otra mano contra la pared de madera para sostenerme. 

Cuando mi propio dedo medio rozó el centro de mi coño, un gemido agudo escapó de mis labios, rebotando en el espacio cerrado. Estaba tan sensible que el más mínimo contacto me hizo arquear la espalda.

—Dios mío... —gemí, cerrando los ojos con fuerza, imaginando que no era mi mano la que me tocaba, sino los dedos largos y fuertes del Padre Damián—. Damián...

Comencé a mover los dedos en un ritmo lento, tortuoso, frotando la piel caliente y húmeda mientras mi mente volaba sin frenos. En la oscuridad de mis párpados, lo vi de nuevo: vi su mandíbula cuadrada rozando mi cuello con esa barba áspera de dos días; imaginé su cuerpo imponente, sus casi un metro noventa de pura fibra muscular, acorralándome contra los paneles de este mismo confesionario. Visualicé la tela basta de su sotana negra rozando la delicadeza de mi piel blanca, y el contraste erótico de su figura oscura devorando mi supuesta inocencia me hizo acelerar el movimiento de los dedos.

—Quiero sus manos en mis caderas —susurré, perdiendo por completo el filtro de la cordura, desnudando mis fantasías más explícitas en voz alta en medio del santuario—. Quiero que me mires con esos ojos negros mientras me desgarras la falda... quiero sentir el peso de tu cuerpo, Damián... hazme tuya aquí mismo... rompe mi pureza, ordéname lo que quieras...

Mis propias palabras actuaron como un combustible letal. El roce se volvió más rápido, más húmedo, más caótico. El sonido de mis fluidos y de mi respiración entrecortada llenaba el cubículo de una atmósfera densa, sucia, deliciosamente prohibida. La tensión en mi vientre se acumuló como una cuerda tensada al límite; sentía las pulsaciones en todo el cuerpo, el corazón golpeándome las costillas con violencia. 

Estaba a solo unos segundos de romperme, al borde de un orgasmo devastador impulsado por la pura obsesión hacia el hombre que vestía los hábitos del Altísimo.

Apreté los dientes, conteniendo el aire, entregándome por completo al clímax inminente que ya congelaba mis músculos en una deliciosa agonía.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP