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POV ELENA
El aire en el coro de la iglesia de San Judas a las afueras de la Ciudad de México, siempre es el más frío y el más denso, el que mejor huele a cera vieja, a madera centenaria y al incienso que sube desde el altar como las súplicas de los fieles.
Desde aquí arriba, sentada frente al imponente órgano de tubos que heredé de la vieja rutina del pueblo, el mundo se reduce a una perspectiva perfecta. Una perspectiva donde nadie puede mirarme, pero desde la cual yo puedo desnudarlo todo con los ojos.
Para el pueblo de San Judas, yo soy la viva imagen de la rectitud. Cumplo veintiún años arrastrando faldas largas que rozan mis tobillos, blusas abotonadas meticulosamente hasta la base del cuello y una trenza castaña, gruesa y apretada, que no deja escapar ni un solo mechón indómito.
La señora Marta me sonríe cada domingo en la entrada, palmeando mi mano con su piel arrugada mientras alaba mi "pureza celestial" y mi "compromiso con el Señor". Si ella supiera. Si tan solo pudiera asomarse un segundo a la pantalla de mi mente mientras mis manos ejecutan mecánicamente los acordes del Kyrie Eleison.
La verdad es que no mido la misa por las lecturas, ni por los cantos, sino por los movimientos del hombre que se encuentra de pie frente al altar. El Padre Damián.
Mis dedos presionan las teclas de marfil desgastado, llenando la nave de la iglesia con una melodía vibrante, solemne. Sin embargo, mi atención está completamente fija en su espalda. La sotana negra, de una tela basta y pesada, se ajusta a sus hombros anchos de una manera que resulta casi un insulto a la santidad del lugar.
Es un hombre ridículamente alto, rozando el metro noventa, y esa envergadura física hace que el altar parezca pequeño a su alrededor. Cuando se gira hacia los fieles, mi respiración se traba en mi garganta, un espasmo agudo que logro camuflar manteniendo el ritmo de la música.
—El Señor esté con vosotros —su voz resuena a través del sistema de sonido, pero no necesita el micrófono. Es un barítono grave, espeso, una vibración tan profunda que viaja por el suelo de piedra, sube por la madera del coro y reverbera directamente en el centro de mi pecho. Un escalofrío me recorre la espina dorsal, instalándose como un peso cálido y punzante entre mis muslos.
—Y con tu espíritu —responde el coro de ancianas y familias del pueblo en un murmullo automático.
Yo no respondo con palabras. Mis ojos recorren su rostro, aprovechando la distancia segura que me brinda la altura. Tiene la mandíbula cuadrada, marcada por esa sombra oscura de una barba de dos días que se niega a desaparecer del todo, otorgándole un aire peligrosamente tosco, casi militar, bajo la luz de los cirios.
Sus labios, firmes y carnosos, se mueven con una cadencia pausada mientras pronuncia las oraciones. Pero lo peor, lo que me hace humedecer la tela de mi ropa interior de algodón liso, son sus manos. Sus manos son grandes, de dedos largos y fuertes, con venas gruesas que se dibujan bajo su piel bronceada cada vez que eleva el cáliz. Son manos hechas para someter, para sujetar con fuerza, no para sostener con delicadeza un trozo de pan sagrado.
Imagino esas manos. Dios mío, las imagino todas las noches desde que llegó al pueblo hace tres semanas como sustituto.
El sermón comienza y me permito relajar los brazos sobre el teclado, aunque mantengo la espalda recta para no levantar sospechas si alguien decide mirar hacia arriba. Damián camina hacia el ambón con paso firme, seguro. Cada movimiento de sus piernas bajo la tela negra de la sotana dibuja la tensión de sus muslos musculosos.
Me quedo sin aire al notar cómo la tela se tensa contra sus glúteos y su espalda cuando se inclina ligeramente para leer las escrituras. La fijeza de mi mirada es tal que se convierte en una obsesión física; me duelen los ojos de tanto retener la imagen, me duele el pecho por el ritmo acelerado de mi corazón.
—La tentación —dice Damián, y su mirada negra, afilada y oculta tras unas pestañas espesas, barre la iglesia. Por un milisegundo de locura, siento que sus ojos suben directamente hacia el coro, atravesando la penumbra donde me escondo—, no siempre se presenta con el rostro del horror. A menudo, el pecado se disfraza de lo más cotidiano, de lo más puro, esperando el momento exacto en que nuestra voluntad flaquee para reclamar lo que considera suyo.
Trago saliva con dificultad. El sudor frío empieza a humedecer la nuca bajo mi cabello recogido. Su voz ronca susurra esas palabras con una intensidad que me quema por dentro.
Nadie en las bancas parece notar el magnetismo animal que desprende, o quizás todos están demasiado intimidados por su presencia imponente como para admitirlo. Para las beatas, es un santo varón dotado de una oratoria brillante. Para mí, es un demonio hermoso envuelto en hábitos sagrados, una fruta prohibida que me está volviendo loca.
Durante la consagración, el peso de mis propios pensamientos se vuelve casi insoportable. Mientras el incienso inunda el ambiente, la mezcla de ese aroma sagrado con el calor sofocante de la tarde de verano crea una atmósfera densa, casi hipnótica.
Observo cómo se arrodilla, cómo sus hombros se ensanchan al inclinarse, y un espasmo de deseo puramente carnal me golpea el vientre. Aprieto las rodillas, frotándolas inconscientemente una contra la otra bajo la pesada tela de mi falda gris, buscando un milímetro de aliento para calmar la creciente hoguera que amenaza con hacerme gemir en mitad del rito.
La fijación se está transformando en una tortura física. No es solo un capricho; es una necesidad violenta, una adicción que ha echado raíces en mi mente y que infecta cada uno de mis rezos. Cuando rezo el padrenuestro, es su rostro el que veo en las alturas. Cuando pido perdón por mis faltas, la culpa se desvanece ante el deseo salvaje de que sea él quien me imponga el castigo.
La misa llega a su fin. Mis manos vuelven a deslizarse sobre el órgano para el canto de salida, tocando con una energía casi desesperada, volcando toda mi frustración interna en las notas que retumban en las paredes de piedra. Abajo, los fieles comienzan a dispersarse, saliendo hacia la luz del sol del pueblo, charlando en el atrio.
Observo al Padre Damián bendecir a los rezagados con un gesto calmado de su mano derecha. Esa misma mano que, en mis sueños más oscuros, se enreda en mi cabello suelto y me obliga a mirar hacia arriba mientras me somete contra las paredes de la sacristía.
Poco a poco, la iglesia se va quedando en silencio. Los murmullos se alejan y las pesadas puertas principales se cierran con un eco sordo. Sé que Damián entrará a la sacristía para despojarse de la casulla y los ornamentos, quedando solo con esa sotana negra que delinea su cuerpo esculpido.
Me quedo sentada frente al órgano, con las manos suspendidas sobre las teclas mudas, temblando levemente. El silencio de la iglesia vacía es ahora mi cómplice y mi verdugo. Mis dedos están rígidos, mi pulso sigue desbocado y el calor entre mis piernas es una pulsación constante, un dictado de mi propio cuerpo que ya no puedo ignorar ni un segundo más.
Mi pureza, la niña buena de San Judas, es una fachada que empieza a agrietarse irremediablemente bajo el peso de una obsesión que hoy, sábado por la tarde, ha cruzado el punto de no retorno.







