Mundo ficciónIniciar sesiónPOV ELENA
El sudor aún no se había secado en mi piel cuando el peso de la realidad volvió a aplastarnos dentro del despacho. El aroma a sexo, denso y explícito, flotaba en el aire de la oficina parroquial, mezclándose de forma casi grotesca con el olor a papel viejo de los libros de teología que Damián había tirado al suelo para hacerme espacio sobre el escritorio.
Me incorporé despacio, abotonando lo que quedaba de mi blusa destrozada. Mis pechos aún palpitaban por la intensidad de sus succiones y el vello áspero de su rostro seguía marcado como un mapa encendido en mis muslos internos.
Damián ya se había acomodado la sotana negra. Su rostro no mostraba ni un ápice de la tormenta carnal que acababa de desatarse sobre los documentos de la iglesia; volvía a ser el hombre impasible, frío y de postura correcta que atemorizaba y fascinaba al pueblo a partes iguales.
—Vuelve a casa, Elena —ordenó con su barítono cortante, dándome la espalda mientras recogía los textos sagrados del suelo—. Las sospechas son como la hiedra en las paredes de piedra: crecen rápido si les das humedad. No vuelvas a presentarte aquí sin que yo te lo ordene.
Me tragué la réplica. La rabia de los celos que me habían empujado a su oficina se había disipado, sustituida por una laxitud pesada y adictiva que me entumecía los músculos.
Regresé a mi rutina las siguientes cuarenta y ocho horas, pero la distancia impuesta solo alimentó la hoguera. El domingo por la noche, tras la última misa, la abstinencia y la fijación mental me tenían temblando.
Saber que en cualquier momento el párroco titular podía anunciar su regreso me generaba una urgencia violenta, una prisa sucia por consumir a Damián antes de que nos arrancaran el secreto.
A las dos de la mañana, la iglesia de San Judas era una tumba de piedra. Crucé la nave lateral descalza, con mis zapatos en la mano para no hacer el menor ruido sobre las baldosas frías. Llevaba un vestido de seda blanca, abotonado por delante, y absolutamente nada debajo. La tela ligera se pegaba a mis pezones rígidos debido al frío del templo, enviando punzadas de anticipación directo a mi vientre.
Lo encontré en el altar mayor, arrodillado frente al gran crucifijo de madera. La luz de la luna entraba por el rosetón superior, bañando su imponente figura con destellos plateados. No estaba rezando; simplemente miraba la cruz, con la camisa abierta por el cuello y los brazos apoyados en las rodillas.
Mis pasos sobre el mármol del presbiterio lo hicieron girar la cabeza. Sus ojos negros, afilados como dagas en la penumbra, me recorrieron de arriba abajo. Al notar el balanceo de la seda blanca y la ausencia de ropa interior bajo el vestido, un destello de pura demencia animal cruzó sus facciones.
—Te dije que no vinieras —susurró, y su voz ronca vibró en el silencio del templo vacante como un trueno lejano.
—No puedo dormir —respondí, deteniéndome a dos pasos de él, dejando caer mis zapatos con un golpe seco—. Me duele el cuerpo de tanto desearlo. Prefiero condenarme aquí mismo que pasar otra noche sin ti.
Damián se levantó despacio. Su altura me obligó a echar la cabeza hacia atrás, exponiendo mi cuello largo y pálido. Dio un paso al frente, acorralándome contra la pesada mesa del altar menor, el lugar sagrado donde se preparaban las hostias y el vino para el sacrificio divino. Sus manos grandes y venosas me sujetaron por la cintura con una firmeza que me hizo soltar un quejido.
—Eres el demonio en persona, Elena —gruñó cerca de mis labios, conteniendo el aire—. Estás arrastrándome al fuego eterno y ni siquiera te importa.
—Solo me importa tenerlo a usted —le aseguré, desabrochando los tres primeros botones de mi vestido para dejar que su mano entrara directamente contra mi piel desnuda.
Un gruñido rudo escapó de su pecho. Damián me tomó de los muslos y me alzó de un solo tirón, sentándome directamente sobre el altar de mármol. El contacto del frío de la piedra contra mis glúteos desnudos me hizo soltar un grito agudo que reverberó en las bóvedas de la iglesia.
Él abrió las hojas de mi vestido, dejando mi cuerpo completamente expuesto a la luz de la luna: la piel blanquísima, la cintura estrecha y las caderas anchas redondeadas sobre el lugar más sagrado del templo.
Damián no esperó. Apartó sus ropas con una urgencia que rozaba la violencia, liberando su hombría erecta, gruesa y cargada de venas pulsantes. Me sujetó los muslos con fuerza militar, abriéndome de par en par, y se posicionó en el centro de mi intimidad, que ya estaba empapada por el puro terror y la delicia del sacrilegio.
—Mírame bien, Elena —me ordenó con su voz de barítono más áspera, hundiéndose los dedos en mi carne—. Esto ya no es un castigo. Esto es una profanación total, yo te deseo con todo mi alma.
Sin anestesia ni sutilezas, se empujó hacia adelante de un solo golpe brutal y profundo, hundiéndose en mí hasta la raíz. El impacto me arrancó un alarido descontrolado que golpeó las estatuas de los santos y regresó en forma de eco. La plenitud de su grosor me estiró al límite, quemándome por dentro mientras mis manos buscaban desesperadamente aferrarse a sus hombros anchos, arañando la tela negra de sus hábitos.
El ritmo que impuso sobre el altar de mármol fue despiadado, rápido y ensordecedor. Cada embestida hacía que mi espalda golpeara la superficie dura de la piedra, un contraste violento entre el frío mineral y el calor sofocante de su cuerpo musculoso presionando el mío.
Damián se movía con una fuerza salvaje, poseído por el entorno y la prohibición absoluta del acto. El sonido húmedo de la fricción y el compás denso de su respiración asmática llenaban el santuario, rompiendo toda la solemnidad de la casa de Dios.
Me obligó a enredar las piernas alrededor de su cintura alta, elevando mis caderas para permitirle una penetración aún más profunda, un ángulo nuevo que me hacía gemir sin poder articular una sola palabra coherente. Sus manos grandes me apretaban el busto, marcando mis pezones rígidos con sus dedos fuertes mientras su boca devoraba mi cuello con mordiscos toscos.
—¡Damián... nos van a escuchar! —gimé, perdiendo la cabeza al escuchar un crujido lejano en los patios, pero el miedo solo multiplicó la intensidad del placer en mi vientre.
—Ya es hora de que escuchen... —respondió con un rugido sordo, acelerando las embestidas con una velocidad demoledora, hundiéndose en mí de forma explícita, salvaje, buscando reclamar hasta la última gota de mi sumisión sobre el altar.
La tensión se acumuló como una cuerda a punto de reventar. El orgasmo me golpeó de frente, un rayo de placer violento que congeló mis piernas y provocó que mi interior se contrajera espasmódicamente alrededor de su miembro en oleadas demoledoras.
Al sentir el vacío de mi clímax, Damián soltó un grito rudo, dio un golpe brutal que me hicieron deslizar por el mármol y se corrió profundamente dentro de mí, derramando su simiente cálida en una descarga larga y posesiva que nos dejó temblando, abrazados en mitad del sacrilegio más absoluto.







