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Capítulo 10: El Veneno de la Posesión

POV DAMIÁN 

El olor a cera fría y a incienso rancio ya no bastaba para limpiar el aire de mi despacho. No cuando cada rincón de este templo apestaba a ella. Dios me perdone, si es que aún se toma la molestia de mirar hacia este rincón olvidado de San Judas, pero Elena se había convertido en una infección en mi sangre. Una gangrena hermosa, silenciosa y letal que devoraba mi vocación, mis votos y mi cordura con la misma paciencia con la que el agua parte la roca.

Llevaba tres semanas como sacerdote suplente, tres semanas donde se suponía que debía guiar a este rebaño de ignorantes de provincia, pero la única verdad que reconocía mi cuerpo al caer la noche era que yo era el esclavo de mi propia pecado.

Me acomodé el cuello clerical, sintiendo la tela negra asfixiándome la garganta mientras observaba la plaza desde el ventanal de la casa parroquial. Abajo, el sol de la tarde golpeaba con fuerza el cemento. 

Y ahí estaba ella. Elena. Lucía esa falda larga, gris y monótona, el cabello castaño chocolate rígidamente trenzado y esa postura de santa incorruptible que hacía que los viejos del pueblo se quitaran el sombrero al verla pasar. Parecía una jodida pintura renacentista. Una virgen de altar.

Pero yo sabía lo que se ocultaba bajo esa fachada. Yo había rasgado su ropa interior con mis propias manos; había escuchado sus alaridos de puro placer carnal romper la solemnidad del altar mayor y de los bancos de madera; había sentido su boca tierna y temblorosa devorarme por primera vez en la alfombra de mi oficina, rindiéndose a mí con una sumisión que me volvía loco. Me provocaba a pecar una y otra vez con solo mirarme desde el coro. 

Cada acorde que tocaba en ese órgano no era música para el Altísimo; era un mensaje privado, un hilo invisible que tiraba de mis hábitos y me recordaba que su piel blanca estaba empapada de mí. Me estaba arrastrando al infierno, y lo peor era que yo caminaba con los ojos abiertos, hambriento de su condena.

Unos golpes en la puerta principal de la planta baja interrumpieron mis pensamientos. Me tensé, recuperando instantáneamente esa máscara de frialdad que utilizaba para mantener a raya a los fieles. Bajé los escalones de piedra y abrí.

En el umbral estaba la señora Marta, la beata mayor del consejo parroquial, una anciana cuya única función en la vida parecía ser husmear en los asuntos ajenos. Pero no estaba sola. A su lado, con la mirada baja y las manos entrelazadas sobre el vientre, estaba Elena. Y justo a la derecha de Elena, un hombre.

Era un tipo de unos veinticinco años, de estatura media, bien vestido, con anteojos de marco fino y una sonrisa estúpida de suficiencia que me revolvió el estómago al instante. 

Tenía el aspecto de un tipo culto, un profesional de la ciudad, un "hombre bueno" según los estándares hipócritas de esta gente.

—Buenas tardes, Padre Damián —saludó la señora Marta, juntando las manos con devoción—. Lamento interrumpir sus labores, pero traemos una noticia maravillosa para nuestra comunidad, y queríamos que usted fuera el primero en bendecir esta unión.

Sentí un espasmo violento en la mandíbula. Mis ojos negros se clavaron en Elena. Ella no me miró; mantuvo la vista fija en el suelo de piedra, pero noté el sutil subir y bajar de su pecho bajo la blusa abotonada. Estaba nerviosa. Sabía perfectamente el terreno peligroso que estábamos pisando.

—Pase, señora Marta —dije, y mi voz de barítono sonó más densa y ruda de lo habitual, un trueno contenido que hizo que el acompañante de Elena parpadeara con cierta timidez.

Nos acomodamos en la pequeña sala de recepción de la casa parroquial. Yo me mantuve de pie, aprovechando mis casi un metro noventa de estatura para dominar el espacio, cruzando los brazos sobre el pecho. La tela de mi sotana se tensó contra mis hombros.

—Dígame, ¿de qué se trata? —pregunté, manteniendo la vista fija en el intruso.

—Padre, como usted sabe, nuestra querida Elena es el orgullo de San Judas. Una niña pura, entregada a la iglesia —comenzó Marta, con esa voz chillona que me taladraba los nervios—. Y Dios ha escuchado nuestras oraciones. He encontrado al hombre perfecto para ella. Le presento a Carlos, el nuevo ingeniero que llevará una obra civil en la región. Un joven culto, de buena familia y muy temeroso de Dios. Han estado conversando estas dos semanas y... bueno, formalizamos su noviazgo ayer.

La habitación pareció quedarse sin aire. Un frío violento, negro y posesivo me congeló las entrañas. ¿Carlos? ¿Noviazgo? ¿Estas dos semanas? Mientras Elena se abría de piernas para mí a medianoche, ¿este infeliz pretendía tomar su mano en la plaza a la luz del día?

Un impulso animal y salvaje me ordenó avanzar, tomar a ese tipo por el cuello de su camisa fina y estamparlo contra la pared de piedra para demostrarle a quién le pertenecía cada milímetro de la organista. 

Elena era mía. Su sumisión, sus gemidos, su corrupción... todo era mi monopolio. No iba a permitir que nadie, ni un hombre "bueno", ni el mismísimo Papa, tocara lo que yo había reclamado.

—Hemos venido, Padre —intervino Carlos, dando un paso al frente con una seguridad que me resultó insultante—, porque para nosotros es fundamental empezar este camino con el pie derecho. Queríamos pedirle su bendición para nuestro compromiso. Marta me ha hablado mucho de sus sermones.

Se hizo un silencio espeso. Elena finalmente levantó los ojos. Sus pupilas avellana estaban dilatadas, cargadas de un pánico silencioso. Me miraba suplicante, midiendo la bestia que sabía que habitaba tras mis hábitos.

—No —solté de golpe. La palabra cayó como un bloque de granito en mitad de la sala.

La señora Marta parpadeó, desconcertada. Carlos perdió la sonrisa de inmediato.

—¿Perdone, Padre? —preguntó el joven, arrugando el entrecejo.

—He dicho que no —repetí, dando un paso hacia ellos, dejando que mi sombra masiva los cubriera—. No voy a bendecir esta unión. Es demasiado pronto. San Judas no es un mercado donde las jóvenes se entregan al primer postor.

—Pero Padre Damián... —la señora Marta se levantó del sillón, con el rostro encendido por la sorpresa y una creciente indignación—. Carlos es un hombre excelente. Conocemos a su familia de la diócesis vecina. Elena ha dado su consentimiento. No entiendo su negativa. La iglesia siempre promueve el santo matrimonio de nuestros jóvenes más devotos.

—La iglesia promueve la prudencia, señora Marta —dicté, y mi barítono resonó con una autoridad, implacable—. Y como pastor espiritual de esta parroquia, mi deber es proteger las almas de mi rebaño. No veo madurez en esta relación. No veo una base espiritual sólida. Bendecir un capricho apresurado sería una irresponsabilidad de mi parte.

—¿Un capricho? —Carlos dio un paso al frente, ofendido, con el orgullo herido—. Con todo respeto, Padre, usted apenas lleva tres semanas aquí. No conoce a Elena mejor que la señora Marta o la comunidad. Mi conducta ha sido intachable. Exijo saber qué falta ve en mí para negarnos un sacramento tan elemental.

Me acerqué a él hasta quedar a escasos centímetros de su rostro. Podía oler su perfume barato de lavanda. Mis manos grandes se cerraron en puños ocultos tras los pliegues de mi sotana. Si este imbécil supiera que la mujer que pretendía desposar aún tenía marcas de mis mordiscos en el vientre, se caería de rodillas del horror.

—No tengo que darle explicaciones de mis criterios pastorales a un extraño, señor —sentencié, bajando la voz a un susurro rudo que lo hizo retroceder instintivamente—. Mi respuesta es no. Y mi palabra en esta parroquia es la ley hasta que el párroco titular regrese.

La señora Marta me observó con los ojos entrecerrados. Por primera vez, la devoción en su mirada fue sustituida por una sospecha afilada, fría. Su mirada viajó de mí hacia Elena, y luego regresó a mi rostro, deteniéndose en la rigidez de mi mandíbula y en la respiración acelerada que delataba mi furia contenida.

—Esto es muy extraño, Padre Damián... muy extraño —murmuró la anciana, dando un paso atrás, tomando a Elena del brazo con un gesto protector—. Jamás en mis cuarenta años en este consejo he visto a un sacerdote negarse a bendecir a una pareja con argumentos tan... abstractos. Pareciera que hay algo más que usted no nos está diciendo. ¿Qué es exactamente lo que le molesta de que Elena encuentre a un hombre, perfecto?

La pregunta quedó flotando en el aire como una mecha encendida. Elena contuvo el aliento, y yo sentí el peso del abismo abriéndose bajo mis pies. El peligro era total, pero el veneno de la posesión ya no me dejaba dar marcha atrás.

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