Capítulo 30 — Un paréntesisMauro no apartó la mirada de Vera.—Entonces dimga cómo quiere empezar, señora Greco.La frase quedó suspendida en la sala como una puerta abierta. Jorge esperaba, los hombres también. Todos parecían listos para moverse, perseguir nombres, cerrar rutas, rodear a Arturo hasta que no le quedara aire. La casa entera parecía inclinarse hacia esa decisión, hacia la guerra, hacia la respuesta inmediata.Vera, en cambio, sintió de golpe el peso del viaje, la llamada de su padre, la reunión con Rivas, la acusación nueva, el cuerpo tenso desde hacía días y esa casa que todavía no entendía si era refugio o jaula con ventanas bonitas.Respiró hondo.—Quiero descansar.Mauro parpadeó apenas. No fue decepción. Tampoco sorpresa completa. Fue más bien el gesto de un hombre que acababa de prepararse para sangre y recibía una petición doméstica.—¿Descansar?—Sí, Mauro, descansar, asearme, comer algo, sentarme cinco minutos sin que nadie hable de alianzas, traiciones, clanes
Leer más