Capítulo 37 — El latidoMauro no apartó la vista del dibujo.El trazo era torpe, infantil, lleno de proporciones imposibles, pero el detalle del anillo estaba ahí. Un círculo negro exagerado en el dedo de aquel hombre, dibujado al costado del jardín, cerca de la cerca. Tomás no podía saber lo que significaba. Eso era precisamente lo inquietante.Los niños no inventaban símbolos que no entendían.Vera miró a Mauro, esperando una explicación, pero él no se la dio. Al menos no de inmediato. Su rostro se cerró de esa manera que ya empezaba a reconocer, no era furia descontrolada, sino cálculo puro. Una puerta bajando dentro de él.—Hermana Clara —dijo, sin levantar la voz—, lleve a los niños al ala interior. Nadie sale al jardín hasta nuevo aviso.La monja apretó el rosario entre los dedos.—¿Es tan grave?Mauro dobló el dibujo con cuidado, como si no quisiera dañarlo, y se lo entregó a uno de sus hombres.—Es grave que alguien haya llegado lo bastante cerca para que Tomás lo viera.Tomás
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