AURORAEl silencio en la habitación se vuelve ensordecedor. El eco de mi propia mano estrellándose contra su rostro todavía flota en el aire, denso, pesado, cortándome la respiración. Me quedo estática, con los dedos temblando y el corazón golpeándome las costillas como un animal atrapado.Sebasten no se mueve. No parpadea. No respira.Su rostro se ha girado sutilmente hacia la izquierda por el impacto, pero su mandíbula se tensa de una forma tan brutal que veo las venas de su cuello dibujarse bajo la piel.El ardor de mi palma es lo único real en este segundo, y el miedo, un miedo primitivo y frío, me baja por la espina dorsal cuando veo que regresa la vista hacia mí, despacio, con una fijeza que me paraliza las piernas.Sus ojos... sus pupilas están tan dilatadas que el color café ha desaparecido, devorado por un negro absoluto, inyectado en una rabia hambrienta.El pánico me da un vuelco en el estómago, pero la indignación, el desespero de verme encerrada con este vestido de novia
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