28. Narra Maverick
El aire en la suite de Londres era denso, casi irrespirable, cargado con el eco de la llamada de Dakota y el peso de la furia que aún me quemaba las entrañas por lo ocurrido con Harrington. Apenas cerramos la puerta tras de nosotros, el mundo exterior pareció desvanecerse, dejando solo el espacio cerrado entre los dos, una trampa de cristal y terciopelo que nosotros mismos habíamos alimentado durante semanas.Anastasia dejó su bolso sobre la mesa del recibidor con un movimiento mecánico. Se quitó el abrigo de cachemira que yo le había comprado, revelando el vestido de seda que se ajustaba a su silueta como una segunda piel. No me miraba. Mantenía la vista fija en el suelo, con los hombros rígidos, adoptando esa postura de defensa silenciosa que tanto me exasperaba y, al mismo tiempo, me encendía la sangre.—¿Vas a seguir fingiendo que eres intocable, Anastasia? —mi voz sonó áspera, un eco de la rabia que todavía latía en mis sienes.Ella se giró lentamente, enfrentándome. Sus ojos osc
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