30. Narra Anastasia
El descenso del jet privado sobre la pista del aeropuerto de Teterboro se sintió como un aterrizaje forzoso en la realidad. La llovizna constante de Londres se había transformado en el aire denso y congestionado de un atardecer neoyorquino que destilaba una urgencia eléctrica. Las luces de Manhattan brillaban a lo lejos, una constelación artificial que prometía poder y anonimato a partes iguales, pero que esta vez se cernía sobre nosotros como un recordatorio de todo lo que habíamos dejado en p