24. Narra Anastasia
El avión privado que nos llevaba a Londres era el epítome de la frialdad corporativa: cuero negro, iluminación tenue y un silencio sepulcral que solo se interrumpía por el zumbido constante de los motores. Yo estaba sentada en un asiento contiguo al de Maverick, con mi laptop sobre las rodillas, revisando los contratos para la reunión de mañana. Él, en cambio, no había pronunciado una sola palabra desde que despegamos.
Podía sentir su mirada sobre mí. No era una mirada curiosa; era una mirada d