El amanecer sobre las crestas de Colmillo de Plata trajo consigo un silencio majestuoso, roto únicamente por el crujido metálico de los estandartes imperiales agitándose contra el viento del norte. La gran plaza de armas, esculpida directamente en el granito de la montaña y bordeada por parapetos de bismuto rúnico, se hallaba abarrotada de punta a punta. Tres regimientos de la manada pura, con sus armaduras pesadas de bronce y hierro pulido, permanecían formados en bloques geométricos perfectos, flanqueados por la hilera oscura y espectral de la Guardia de la Sombra. No había un solo rumor en las filas; la disciplina instalada por la corona había calado tan profundo que diez mil guerreros respiraban con la sincronía de una única criatura contenida.En el estrado superior, construido sobre las puertas monumentales del salón de audiencias, Vanya permanecía de pie en el centro exacto de la balaustrada. Portaba una túnica ceremonial de terciopelo gris plomo, ceñida por una coraza ligera d
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