El crepúsculo siberiano descendió sobre las agujas de granito y bismuto de Colmillo de Plata con una solemnidad gélida y majestuosa. Las nubes, teñidas de un violeta denso que gradualmente cedía ante el azabache de la noche, flotaban rasantes sobre las murallas exteriores, cargadas de una nieve fina y cristalina que el viento del norte dispersaba en torbellinos silenciosos. En el interior de la fortaleza imperial, sin embargo, el ambiente respiraba una calidez firme, densa y cargada de una autoridad absoluta. Los inmensos braseros de piedra rúnica ardiendo con bismuto blanco no solo disipaban el frío de las cumbres, sino que mantenían encendida la red astral que conectaba cada rincón de la ciudadela con la mente de sus gobernantes.En la gran sala de mapas de la torre central, Vanya permanecía de pie ante la inmensa mesa tridimensional. Vestía una túnica de lana azul noche ceñida por un cinturón de eslabones de plata pulida, una prenda fina pero abrigada que marcaba su figura estiliza
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