El eco de la Jura del Sangre y Sombra aún resonaba en las losas de granito del Gran Santuario, pero en la alta corte de Colmillo de Plata la celebración duró solo lo que tardaron las antorchas en consumir su resina. Al alba del día siguiente, la fortaleza había vuelto a su ritmo implacable. En el gran salón de audiencias, las ventanas de bismuto pulido filtraban una luz gélida y blanquecina que se proyectaba directamente sobre la inmensa mesa de granito negro donde descansaban los informes del