El sol de la tarde comenzaba a inclinarse sobre los picos más altos de Colmillo de Plata, tiñendo el horizonte con una tonalidad carmesí que se reflejaba en los cristales de bismuto de las torres. El viento del norte, antes furioso y cargado de tempestades, había dado paso a una brisa helada pero constante, que apenas agitaba los estandartes imperiales en las almenas. La fortaleza no solo había sobrevivido a las conspiraciones del sur y a las traiciones del oeste; se había transformado en el nú