Tres días más tarde, el aire en las inmediaciones de la Fortaleza del Eco no traía la serenidad de los valles del norte, sino la humareda amarga y seca de las marchas forzadas. La caravana del gobernador del noroeste, compuesta por catorce pesados carros de madera reforzada con tirantes de hierro tosco, avanzaba dando tumbos por el camino de arcilla. El noble viajaba al frente, con el rostro ensombrecido por una mezcla de fatiga y un pánico soterrado que ni la pesada capa de pieles de visón log