La noticia de la caída del clan de Ojo de Hierro se propagó por las provincias occidentales con la velocidad de una helada repentina. En menos de cuarenta y ocho horas, las quejas y las objeciones arancelarias de los demás gobernadores del oeste desaparecieron por completo de los despachos oficiales. Los libros de contabilidad que llegaron a Colmillo de Plata a finales de semana venían impecables, sellados con un rigor casi servil por funcionarios que temían que el siguiente carro de mineral fu