La estepa noroccidental era un desierto de nieve perpetua donde el viento aullaba como las almas de los lobos desterrados. La marcha forzada de doce horas bajo un frío que congelaba el metal habría diezmado a cualquier batallón regular, pero las cien unidades de la manada pura de los Colmillos Negros devoraban la distancia con zancadas rítmicas e implacables.A la cabeza de la formación, Vanya corría al flanco de Alek. Su loba, Sura, se había fusionado tan estrechamente con sus músculos que la estratega apenas sentía el impacto de sus botas contra la costra de hielo. En el plano astral, el gigantesco lobo negro, Kael, mantenía su paso pegado al de ella, proyectando un manto de energía Alfa que protegía a la vanguardia de los efectos más crudos de la ventisca.«Ya casi estamos ahí», advirtió Sura, agitando sus orejas espirituales en la mente de Vanya. «Huelo el campamento del Colmillo Helado. Huelen a miedo... y al metal barato de las armas que el viejo Eldric les envió desde el sur».
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