En el gran salón de la Fortaleza de Colmillo de Plata, el aire se sentía tan pesado que parecía a punto de encenderse. La columna de humo de los silos quemados en el este aún podía verse como una cicatriz negra en el horizonte, pero la verdadera tormenta se desataba dentro de los muros de piedra del palacio.
Gideon permanecía sentado en su trono de roble y plata, pero no había rastro de la majestuosidad de un Alfa supremo en su postura. Sus dedos se clavaban en los reposabrazos tallados con tan