La Garganta del Lobo Muerto hacía honor a su siniestro nombre. Era una cicatriz profunda y angosta en la roca negra del oeste, un desfiladero tan estrecho que las copas de los pinos colosales casi se entrelazaban en lo alto, bloqueando la escasa luz de la luna. El suelo estaba sembrado de raíces congeladas, piedras sueltas y capas de hielo traicioneras que podían quebrar las patas de cualquier animal convencional.
Pero las trescientas unidades de la manada pura de los Colmillos Negros no eran a