El silencio del ascensor privado en su viaje de regreso al piso cuarenta no fue el mismo silencio asfixiante de la mañana. Tenía una cualidad distinta, más densa, similar al aire que queda en un campo de batalla cuando el humo de la pólvora empieza a disiparse y los supervivientes descubren que siguen respirando. Emma mantenía la caja de cartón apretada contra el pecho, sintiendo el frío del metal galvanizado a través de la tela de su abrigo. Sus dedos, rígidos por la tensión de los últimos cuarenta minutos, habían dejado marcas de humedad sobre el borde gris de la tapa.Alexander estaba de pie junto al panel de mandos. No se había aflojado la corbata, pero la rigidez de sus hombros había cedido un centímetro, lo justo para revelar el cansancio acumulado de una semana entera de insomnio. Miraba fijamente los números digitales que ascendían: treinta y ocho, treinta y nueve, cuarenta.Cuando las puertas doradas se abrieron con su sutil campana, el pasillo de la recepción les pareció ext
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