El sábado amaneció con esa luz lavada, casi transparente, que el viento del norte trae a la periferia cuando limpia la contaminación de las refinerías del bajo Sena. No era el gris plomo de los días laborables en la torre; era un blanco mate, limpio, que hacía que las fachadas de ladrillo visto del sector oeste parecieran más habitables, menos desprovistas de gracia, como si el propio aire de la ciudad se hubiera quitado una máscara de hollín para permitir que los vecinos respiraran sin carraspear. En las aceras de asfalto viejo, los charcos de la tormenta del jueves se habían reducido a costras de barro seco, galletas de tierra cuarteada donde los gorriones picoteaban con un nerviosismo rítmico, buscando los restos de grano que caían de los camiones de suministro de las panaderías del muelle.Emma Ross apagó el fuego de la cocina a las tres y media de la tarde exactas. El cazo de aluminio, desgastado por los años de mudanzas y limpiezas con estropajo de alambre, desprendía un vaho esp
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