El domingo por la noche, el piso cuarenta de la Torre Vance no dormía, pero su silencio tenía una densidad distinta, casi eléctrica, como la de una sala de máquinas antes de una maniobra de alta mar. Las luces de los pasillos se habían reducido a la iluminación de cortesía, un desfiladero de tubos fluorescentes que proyectaban un reflejo azulado y pálido sobre el suelo de granito pulido. Ya no estaba el desfile frenético de ujieres ni el olor a perfumes caros de los almuerzos de negocios de los viernes; el aire olía a moqueta limpia, a desinfectante industrial y al ozono seco que desprendían los servidores informáticos del ala este, trabajando a pleno rendimiento para conectar los sistemas de la terminal portuaria con las pantallas de la bolsa de Japón.Emma Ross se encontraba en su nuevo despacho de la terminal sur. No era una oficina monumental como la de Alexander, sino una habitación rectangular, de paredes desnudas de madera clara, situada en la esquina del piso cuarenta donde el
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