El silencio del ascensor privado en su viaje de regreso al piso cuarenta no fue el mismo silencio asfixiante de la mañana. Tenía una cualidad distinta, más densa, similar al aire que queda en un campo de batalla cuando el humo de la pólvora empieza a disiparse y los supervivientes descubren que siguen respirando. Emma mantenía la caja de cartón apretada contra el pecho, sintiendo el frío del metal galvanizado a través de la tela de su abrigo. Sus dedos, rígidos por la tensión de los últimos cua