La rampa de salida del subsuelo uno olía a neumático quemado y a monóxido de carbono acumulado. El viejo motor del Jeep bramó al recibir la presión del acelerador, un sonido ronco, desacompasado, que nada tenía que ver con el zumbido eléctrico y aséptico de las berlinas de lujo que habitualmente poblaban el estacionamiento de la torre. Alexander no miraba el cuadro de mandos; tenía los ojos fijos en la barrera de seguridad de la salida trasera, la que daba al callejón de la aduana.
Detrás, los