El ascensor de servicio de la torre Vance no tenía los paneles de espejo pulido ni el hilo musical que amortiguaba el ascenso de los ejecutivos al piso cuarenta. Era una caja de metal galvanizado, rayada por las esquinas de los carros de carga y con un olor persistente a grasa de motor y desinfectante industrial barato. A medida que los números digitales descendían en la pequeña pantalla sobre la puerta, Emma sentía que el aire se volvía más pesado, despojándose de la falsa pulcritud del nivel