El espeso silencio que se había apoderado del salón VIP se sentía como una soga apretada alrededor de mi garganta.
Los murmullos de los inversores extranjeros se detuvieron en seco, fijos en la figura de Vanessa, cuya respiración agitada y traje de lentejuelas vulgares rompían toda la mística de la gala hotelera. Yo continuaba con la espalda recta, obligando a mis manos a no temblar sobre la tela de mi vestido azul oscuro de satén, sosteniendo la fijeza de las miradas con el orgullo intacto de