El forcejeo en la acera inferior de mis oficinas de confección interrumpió por completo el tránsito peatonal de la avenida principal.
Apreté los dientes mientras intentaba zafar mi abrigo del agarre ordinario de Cristhian Olmos, sintiendo que la humillación cruda me subía por las costillas ante la mirada curiosa de los transeúntes. Su proximidad vulgar me causaba un asco profundo, una repulsión física que avivaba el desbocamiento de mis pulsaciones en medio de la luz agonizante de la tarde.
—Su