El aire matutino del distrito comercial golpeaba mi rostro con una frialdad, que lograba entumecerme los dedos.Intentaba caminar a pasos rápidos sobre el concreto de la acera inferior, manteniendo la barbilla en alto para camuflar el sutil mareo de nervios, que me revolvía el estómago desde la tensa cena familiar de la noche anterior. Para esta salida obligatoria hacia la sucursal del banco del centro, elegí usar una gabardina entallada de color gris humo sobre un vestido negro sencillo de punto, una combinación formal que pretendía servir como armadura contra las miradas indiscretas de la alta sociedad.En mi mano izquierda, el gigantesco diamante de platino oficial se sentía más pesado que de costumbre, recordándome a cada segundo, la soga de nuestro falso compromiso de seis meses, que estaba próximo a culminar y más aún estaba siendo amenazado con adelantar la fecha de caducidad, por culpa de los macabros planes de Olmos y Vannesa.Crucé el perímetro de seguridad de la entrada de
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