El acoso del reportero en la acera inferior del banco del centro me tenía completamente acorralada contra el muro de piedra del edificio, lo que hacía que fuera prácticamente imposible safarme de él.
El flash de su cámara seguía disparándose de forma incesante a escasos milímetros de mis ojos, provocándome un sutil mareo que amenazaba con derribar mi postura recta. La humillación de escuchar sus preguntas hirientes sobre mi origen humilde en el sector norte, y los rumores de que mi compromiso e