El eco de mis tacones sobre el pulido suelo de mármol blanco del gran salón pareció cortar el aire pesado de la estancia.
Al cruzar el umbral del apartamento residencial, me despojé de mi bolso de mano, dejando la carpeta con el borrador del comunicado oficial sobre la consola de madera oscura de la entrada. Mi sastre cruzado de color burdeos se sentía como una coraza rígida, que apenas lograba contener los latidos desbocados de mi corazón, agitado por la magnitud de la decisión ejecutiva que a