Caminé de regreso hacia la mesa de cristal templado de la cocina, forzando a mi cuerpo a sostener esa postura recta y rígida, que me servía como armadura en medio de la penumbra.Al aproximarme a la barra, me topé de frente con la fría realidad del desastre. El documento estaba listo, sobre la superficie pulida de la mesa, mostrando las cláusulas de rescisión con una claridad que me revolvía el estómago de pura agitación. Cada una de las líneas, pproyectaban como un puñal directo que trituraba en un parpadeo, la mística de nuestra última noche de paz en la terraza exterior.Ezra permanecía inmóvil junto al ventanal panorámico, con su clásica máscara inexpresiva de hielo tapando cualquier rastro de la pasión desbordada que nos había unido bajo las estrellas de la ciudad natal.La distancia incómoda que marcaba su silueta imponente y la rigidez de piedra de sus hombros anchos, reforzaban la ruta del desastre bursátil, que Vanessa y Cristhian habían desatado con la filtración en internet
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