Cuando por fin pude escapar del rascacielos negro y volver a mi taller de costura, sentí que el aire cambiaba de textura. El zumbido de las máquinas, el olor a tela nueva, los maniquíes vestidos de seda a medio terminar: todo eso era mío, era real, era lo único que la Corporación Vardan aún no había logrado arrebatarme. Después del juicio ante los directores del extranjero, necesitaba ese refugio con desesperación. Además quería recordar quién era yo antes de firmar aquel pacto que me convirtió, de la noche a la mañana, en la prometida de utilería de un hombre que maneja imperios con la misma frialdad con la que otros firman un cheque.Pasé la tarde entera con las manos ocupadas, revisé encajes, ordené agujas, tracé patrones para la nueva colección. No era productividad, era supervivencia. Cada corte de tijera sobre el papel era una forma de acallar el ruido que no dejaba de darle vueltas a mi cabeza. Me cambié el traje de falda tubo azul medianoche —el que usé frente a la junta— por
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