El amanecer irrumpió en el distrito financiero con una claridad fría que no trajo consuelo a mi mente.
Apenas logré pegar los ojos un par de horas sobre las sábanas de seda de la recámara compartida, atrapada en el eco de esa conversación íntima en el sofá que casi destruye la regla número tres de nuestro pacto. La cercanía física de la madrugada seguía quemándome la piel, transformándose en una tortura psicológica insoportable que me impedía conciliar el sueño de forma natural en medio de la p