El tintineo de la cuchara chocando suavemente contra la porcelana era el único sonido que rompía el silencio en aquella sala privada del restaurante de diseño clásico moderno. Cassie estaba sentada, petrificada, mirando al vacío hacia su taza de té de manzanilla, cuyo vapor se disipaba lentamente. Su mejilla izquierda aún conservaba un tenue tono rojizo, mientras que la comisura de sus labios, partida, se sentía rígida cada vez que intentaba tragar. La humillación de la sala de urgencias de la noche anterior y el dolor tras haber espiado a Cheely desde detrás de la reja esa mañana seguían arraigados con fuerza, obstruyendo su pecho hasta hacerlo sentir oprimido.Al otro lado de la mesa, Alan Shearer dejó su taza de café con un movimiento táctico y calmado. Sus ojos afilados examinaban el rostro pálido de Cassie, registrando cada rastro de fragilidad que ella intentaba ocultar.—Come un poco, Cass —dijo Alan, con la voz suavizada, rompiendo el estancamiento emocional que envolvía la at
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