El tintineo de la cuchara chocando suavemente contra la porcelana era el único sonido que rompía el silencio en aquella sala privada del restaurante de diseño clásico moderno. Cassie estaba sentada, petrificada, mirando al vacío hacia su taza de té de manzanilla, cuyo vapor se disipaba lentamente. Su mejilla izquierda aún conservaba un tenue tono rojizo, mientras que la comisura de sus labios, partida, se sentía rígida cada vez que intentaba tragar. La humillación de la sala de urgencias de la