Justo cuando los dedos de Cassie rozaron el frío pomo de la puerta de madera de teca, un brusco tirón desde atrás volvió a arrebatarle la libertad. Devatra se movió con la rapidez de un relámpago y rodeó con su fuerte brazo la estrecha cintura de la mujer.
—¡Suéltame! ¡Devatra, suéltame! —gritó Cassie, respirando con dificultad, dominada por el estrés y la frustración que seguían creciendo ante la locura de su exmarido.
Sin prestar atención a los forcejeos ni a los débiles golpes que ella desca