El silencio que envolvía la habitación se volvió de pronto tan denso que solo quedaba el incesante tic-tac del reloj, mezclándose con la respiración aún agitada de ambos.
Cassie levantó lentamente la cabeza. Se secó las lágrimas que aún humedecían sus pálidas mejillas, aunque sus dedos seguían aferrados con fuerza a la muñeca de Devatra, donde la sangre comenzaba ya a secarse.
—Devatra... —murmuró con la voz ronca, temblorosa por la angustia que le oprimía el pecho. Lo miró directamente a los o