Los días siguientes a la boda adquirieron una rutina extraña. Darien se iba temprano a trabajar, Ivy se quedaba en el ático estudiando o leyendo, y por las noches cenaban juntos, compartían conversaciones y, cada vez más, silencios cómodos que hablaban más que las palabras, pero había algo que Ivy no había explorado aún: el resto del ático.Conocía el salón, la cocina, su habitación, el gimnasio donde Darien a veces entrenaba de madrugada, pero había puertas cerradas, espacios que no había traspasado. Por educación, por respeto, por no sentirse una intrusa.El miércoles por la tarde, mientras Darien estaba en una reunión que se prolongaría hasta la noche, Ivy sintió la necesidad de moverse. Había terminado sus lecturas, había ordenado su habitación dos veces, había visto una película entera sin prestar atención. La curiosidad pudo más.Comenzó por el pasillo. La primera puerta, siempre cerrada, cedió al girar el picaporte. Era un cuarto de invitados, impecable, vacío, sin vida. S
Leer más