La noche cayó sobre Manhattan como un telón de terciopelo oscuro, encendiendo millones de luces en los rascacielos que parecían estrellas al revés.
En el ático, sin embargo, la luz era tenue, casi inexistente.
Solo una lámpara en el salón y el resplandor lejano de la ciudad entraban por los ventanales.
Ivy estaba en la cocina, con una taza de té humeante entre las manos, aunque hacía horas que lo había terminado.
No podía dormir.
No sabía si era el nerviosismo de la primera noche oficial en