La mañana después de la cena con los inversores japoneses, Ivy despertó con la sensación de que algo había cambiado.
No podía precisar qué, pero estaba ahí, como un aroma en el aire, como una nota musical sostenida demasiado tiempo.
Se levantó, se vistió, y fue a la cocina.
Darien ya estaba allí, con su ritual de café y croissants, pero hoy había algo diferente en su postura, en la forma en que la miró cuando ella entró.
—Buenos días —dijo, y su voz sonó más grave de lo habitual.
—Buenos días