El sábado amaneció gris, con nubes bajas que amenazaban lluvia, pero a Ivy no nada la iba a detener.
Hoy era el día. La firma del contrato.
Había pasado la noche en vela, dando vueltas a la idea, preguntándose si estaba haciendo lo correcto.
Por un lado, era la solución a todos sus problemas: dinero para la universidad, un lugar donde vivir, un año de tranquilidad para terminar sus estudios sin la angustia constante de llegar a fin de mes.
Por otro lado, era una locura.
Un matrimonio falso.